EL REPUNTE DE LA ESPIRITUALIDAD EN OCCIDENTE COMO UN FENÓMENO
May 24 2026

POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES-ARRIONDAS (ASTURIAS).

                                                   

Azorín -el escritor español de la generación del 98- tras realizar un viaje a Asturias en compañía del ovetense Ramón Pérez de Ayala, también escritor -además de columnista, político y embajador- comentaba que en Oviedo había una preocupación por las cosas espirituales que era raro encontrar en otras ciudades españolas, algo que no sería verdadero si se entendiera únicamente en un sentido religioso.
La espiritualidad asturiana tiene muchas vertientes, pero consiste ante todo en la fidelidad a una historia tan particular como le conviene a una región amurallada con montes inexpugnables, pero tan abierta como la de un pueblo que tuvo como embrión en su seno el nacimiento de una nueva identidad.
Asturias se incorporó en todos los órdenes al gran teatro del mundo tras el Renacimiento, de modo que la historia asturiana entró en una tensión entre lo universal y lo indígena, y al tener conciencia de ello ambos elementos se fundieron en una síntesis bastante aceptable.
Es cierto que el siglo XV fue una época muy oscura, a pesar de contar Oviedo con un episcopologio con nombres muy destacados, y así se explica que al asentarse en la ciudad los dominicos en el siglo siguiente (1518) y los jesuitas (1578), se hablase de la absoluta necesidad de lanzarse a predicar por la “montaña fragosa”, donde los fieles estaban llenos de superstición e ignorancia, hasta el punto de que “dan ganas de llorar los errores que tienen” como decía Herrera, profesor de Alcalá de Henares.
Aunque la tercera parte de los asturianos pertenecía a señoríos eclesiásticos, la vida privada y pública de parte del clero dejaba bastante que desear, con un notable abandono de la cura pastoral directa y eficaz, además los aspirantes al sacerdocio llegaban a él con una formación clerical muy deficiente.
Quinientos años después, superadas tantas ataduras debidas a la ignorancia social de todas las comunidades humanas de este planeta que habitamos, tras las guerras y tantos otros tropiezos como el mundo vivió pero con el enorme progreso que la sociedad ha desarrollado en todos los órdenes y sentidos, permanece la semilla de la espiritualidad, entendida como el conjunto de creencias y prácticas basadas en la convicción absoluta de que existe una dimensión no material de la vida.
Creencias que son importantes para la persona, ya que influyen en el significado que van construyendo y en la forma en la que establece sus relaciones con los demás y con el mundo.
Cierto es que la espiritualidad -a diferencia de la religión- se circunscribe al ámbito de lo privado, esa intimidad compartida entre el ser humano y lo divino.
Se afirma en los últimos meses que la crisis de la espiritualidad a la que hemos asistido durante las últimas décadas parece que ha entrado en un estado de revisión. Es como si la sociedad que ha conseguido un enorme aumento de bienes a través de las conquistas materiales se parase ahora a meditar sobre el sentido del progreso y del mundo, un tanto vacíos de un contenido más trascendental, haciendo al hombre dueño del sentido y los valores sobre los que se asienta su vida, únicos capaces de prestarle sentido y orientación.
Y todo ello dentro de la virtud del pluralismo religioso que impone a todos los humanos la situación de globalización y el acceso a la conciencia planetaria, sin olvidar -por supuesto- la extensión de “espiritualidades laicas” que disputan a las religiones la función de ofertas de felicidad y otros sentidos a la vida que nos ha tocado vivir.
Pensaba este cronista en estos temas en la tarde del pasado domingo día 17 de mayo, asistiendo en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de San Salvador de Oviedo a la solemne ceremonia de la administración del sacramento de la Confirmación a 372 adultos, de los cuales 22 también fueron bautizados y recibieron la primera Comunión, adultos que -por diversas circunstancias- no los habían recibido hasta ahora y decidieron hacerlo en este momento de sus vidas ante unas 2.000 personas.
Tres de estos adultos procedían de nuestra villa de Arriondas, preparados previamente durante dos años para tan solemne y emotiva ceremonia en el primer templo de la archidiócesis, el que comenzó a edificarse a finales del siglo XIII por la sala capitular y el claustro, prolongándose su construcción durante tres siglos, hasta el remate de la torre a mediados del siglo XVI.
¡Cuántas historias ha presenciado el monumental retablo central de la catedral, tallado entre 1512 y 1517 y acabado de policromar catorce años después!
Durante estos quinientos años este retablo ha visto de todo desde las veintitrés escenas de la vida de Cristo agrupadas en tres ciclos de su vida: Nacimiento, infancia y vida pública; Pasión y Resurrección, con una calle central donde están el Sagrario, la Asunción de la Virgen y el Salvador o Cristo en Majestad; sobre ellos la Crucifixión, símbolo de la Redención.
La Catedral Metropolitana ha sido testigo mudo durante medio milenio del paso de generaciones, formas de entender la vida, monarquías, repúblicas, revoluciones, dictaduras, avances y retrocesos; ha sido testigo de todo tipo de ceremonias, solemnidades, consagraciones, acciones de gracias, de dolor, y tantos otros.
Ante esas veintitrés escenas y otros retablos e imágenes ha orado una incalculable cantidad de cientos de miles de peregrinos que acudían a venerar la imagen de San Salvador y las reliquias de la Cámara Santa, bien como destino final o de paso hacia Santiago de Compostela.
En resumen puede decirse que la actual aparente reapertura personal y social a la dimensión religiosa se adentra en una mezcla confusa de manifestaciones -no lideradas por ningún movimiento- que aunque estadísticamente no es significativo hasta nuestros días, no deja de ser valioso como signo de los tiempos.
A la gran profunda crisis religiosa de todos los países de Occidente no sabemos si la seguirá una resacralización nueva, que no tiene por qué ser tal y como la entendíamos hasta ahora.
Todo ello nos recuerda al gran don Antonio Machado cuando escribió su poesía sobre la religión, afirmando al final ser un pobre hombre en sueños, siempre buscando a Dios entre la niebla.

FUENTE:https://www.facebook.com/franciscojose.rozadamartinez

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