POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
Contaba Azorín, quien era medio murciano, con esa precisión que tenía para retratar lo nuestro, cómo Murcia es «la tierra del encanto« y su huerta una esmeralda que rutila bajo el sol. Es una luz tan pura de azules, ciertamente, que lo inunda todo: una claridad que transforma para siempre el ADN de quien aquí nace. Esa luminosidad de nuestro cielo también cautivó al poeta Guillén hasta el extremo de escribir en esta tierra parte de su ‘Cántico’.
Por eso, quizás, duelen tanto aquellas palabras de Borges cuando, desde su ceguera, hablaba de esa «magnífica ironía» de Dios al darle, a la vez, los libros y la noche. Borges vivía en una penumbra estrellada, pero siempre ansió el brillo de los ríos y el color de las plazas. Y eso que jamás disfrutó, el pobre, de la plaza de Las Flores llegando la primavera. Es el mismo anhelo, la misma ansia de luz que sienten miles de personas en esos rincones del mundo donde solo existe el olvido.
Bajo este sol murciano, abrasador cuando llega el verano, se fraguó un compromiso que hoy cruza océanos para combatir entre los más pobres aquella noche impuesta que cantaba Borges. Todo empezó en el año 2000. Mientras el mundo se obsesionaba con el cambio de milenio y la modernidad, en el cuartel de la Policía Local de Murcia se plantaba una semilla que hoy es un árbol que da sombra y esperanza a miles de personas: la ONG Azul en Acción.
Gandhi decía que la mejor forma de encontrarse a uno mismo es perdiéndose en el servicio a los demás. Los cristianos, por cierto, llevan dos mil años diciendo lo mismo. Así que aquellos agentes buscaron encontrarse de frente con la mirada de quienes no tenían nada. Azul en Acción no nació en un despacho del barrio del Infante, donde tienen su sede. Nació en la inquebrantable disposición de unos policías a quienes el corazón no les cabía en el pecho.
Lo que empezó como una inquietud hoy es una inbcreíble intervención oftalmológica en África. Ahora mismo, el pulso de la organización late con fuerza en Senegal. Allí se ha desplazado un equipo que impulsa el proyecto denominado ‘El Milagro de Ver’. Perfecta denominación si tenemos en cuenta que ya se cuentan por cientos las consultas y cirugías de cataratas que devuelven la luz a quienes la habían perdido y ya no esperaban recuperarla.
Pero ojo, que no se quedan solo en el quirófano. Su huella en Senegal es una red de agua, lo que equivale a salud. Y de agua, los murcianos sabemos latín; nadie gestiona mejor que nosotros ese recurso. Están perforando pozos que, al final son la primera medicina que existe, y cuidando de que la vida brote con fuerza en zonas donde no llega nadie.
Incluso han conseguido que nuestros colegios miren a los suyos. ¿Cómo? Creando puentes para que los niños de aquí, en lugar de seguir enviscados en las redes sociales, entiendan que el dolor ajeno no puede darnos igual, algo que otro genio murciano, el gran publicista Jorge Martínez ya nos grabó a fuego en aquella campaña de 2008 con sus pastillas para el dolor ajeno.
Murcia, que siempre ha sido tierra de acogida y de gente de mano abierta, se reconoce en este espejo. Es ese espíritu de la gente grande, la que no se queda en el sofá viendo las noticias. Es una pena que estas cosas no ocupen titulares a menudo.
Cuando el equipo regresa a Murcia, traen el cansancio en sus cuerpos pero el alma llena. A rebosar. Nos comparten el reflejo de tantas personas que han vuelto a ver el sol porque unos policías, sujétame el cubata, decidieron que su uniforme podía ser un manto de esperanza. He visto muchas veces al comisario Mainar presumir de este grupo y, la verdad, ya estamos tardando en darles la Medalla de Oro de la Ciudad. Por muchísimo menos se la han dado a otros.
Hasta la Matrona del Almudí, esa que le retira su oronda teta al hijo propio para alimentar al ajeno, me advierte al pasar que tengo más razón que un santo.
Al final del día, cuando cada uno vuelve a su casa hasta arriba de tantas preocupaciones vanas, nos queda una certeza: mientras haya un murciano dispuesto a tragarse miles de kilómetros solo por ayudar a alguien, alguien que ni siquiera conoce pero necesita su ayuda, nuestra ciudad seguirá siendo, por derecho propio, una de las capitales mundiales de la solidaridad. Solo falta que nos lo creamos.
