LAS PALOMAS NO SON “UNA PLAGA”: SON SERES VIVOS QUE LLEVAN SIGLOS FORMANDO PARTE DE NUESTRAS CIUDADES Y QUE NOS DAN EJEMPLO CADA DÍA
May 26 2026

POR MARÍA DEL CARMEN CALDERÓN BERROCAL, CRONISTA OFICIAL DE CABEZA LA VACA (BADAJOZ).

                                                                           

Las palomas no son “una plaga”. Son seres vivos que llevan siglos formando parte de nuestras ciudades. Resulta demasiado fácil convertirlas en chivo expiatorio mientras se ignoran los verdaderos problemas urbanos: suciedad, mala gestión de residuos, abandono de edificios y falta de planificación municipal.

Hablar de las palomas como si fueran una amenaza para el turismo es profundamente injusto y deshumanizador. Las ciudades históricas no son parques temáticos esterilizados; son espacios vivos donde conviven personas, animales y patrimonio. Culpar exclusivamente a las aves de todos los males urbanos revela una visión utilitarista y fría de la convivencia.

Además, muchas de las situaciones descritas —restos de comida en terrazas, basura accesible o falta de limpieza— son responsabilidad humana, no animal. Las palomas sobreviven allí donde encuentran recursos que nosotros mismos dejamos.

Defender el patrimonio y la higiene urbana es compatible con el respeto animal. Lo que no es aceptable es alimentar discursos alarmistas que presentan a las palomas como enemigas públicas. Las soluciones deben ser éticas, científicas y no basadas en el rechazo o la demonización de animales que, al fin y al cabo, solo intentan sobrevivir en un entorno creado por nosotros.

Una ciudad verdaderamente moderna no es la que extermina o persigue a los animales urbanos, sino la que aprende a convivir con ellos con inteligencia, sensibilidad y responsabilidad.

Las palomas merecen mucho más respeto del que reciben. Durante siglos han acompañado a la humanidad en guerras, comunicaciones, rescates y vida cotidiana. Fueron mensajeras cuando no existían teléfonos, ayudaron a salvar vidas en conflictos bélicos y han formado parte de la historia y de la identidad cultural de nuestras ciudades mucho antes de que existiera el turismo masivo.

Reducirlas hoy a “plagas” es una enorme injusticia y una muestra de cómo algunas sociedades han perdido la capacidad de convivir con la naturaleza urbana.

Las palomas no son invasoras: somos nosotros quienes hemos transformado las ciudades hasta convertirlas en espacios hostiles para cualquier forma de vida que no genere beneficio económico inmediato.

Además, las palomas aportan beneficios reales:

-forman parte del equilibrio ecológico urbano,

-ayudan a consumir restos orgánicos,

-contribuyen a la biodiversidad de las ciudades,

-generan vínculos emocionales y afectivos con muchas personas mayores, niños y amantes de los animales;

-y su mera presencia humaniza espacios urbanos cada vez más fríos y artificiales.

Numerosos estudios señalan también los beneficios psicológicos de convivir con animales en entornos urbanos: observar aves reduce estrés, ansiedad y sensación de aislamiento.

Una ciudad sin vida animal es una ciudad más agresiva, más deshumanizada y más desconectada de la naturaleza.

Mi respeto absoluto a todas las personas que cuidan, alimentan, rescatan y protegen palomas cada día frente al desprecio, la indiferencia y la persecución constante que sufren. Gracias a ellas, nuestras ciudades conservan algo de humanidad, empatía y compasión.

Porque mientras algunos solo ven “problemas”, hay personas capaces de ver seres vivos vulnerables que sienten miedo, hambre, dolor y abandono. Y eso dice mucho más de una sociedad que cualquier campaña turística o ciudadanos que no quieren verlas en ninguna parte. Pobres de estos últimos, tienen un alma negra.

Las palomas llevan siglos conviviendo con nosotros. Han servido al ser humano en guerras, comunicaciones y rescates; han formado parte de plazas, iglesias y barrios históricos mucho antes de que existieran los discursos que hoy las criminalizan. Sin embargo, ahora se las persigue como si fueran culpables de todos los males urbanos, cuando la verdadera raíz de muchos problemas está en la mala gestión humana, la suciedad y el abandono institucional.

También merecen apoyo quienes las defienden frente a campañas de odio disfrazadas de “control”. Porque demasiadas veces se normaliza hablar de exterminio, eliminación o expulsión de animales como si la vida de estos seres no tuviera valor alguno. Cuando existen es porque tienen su misión en el ecosistema que el humano ha alterado y viola repetidas veces con absoluta impunidad.

Una sociedad que maltrata o desprecia a los animales más indefensos termina empobreciéndose moralmente. En cambio, quienes protegen palomas representan valores imprescindibles: empatía, sensibilidad, responsabilidad y respeto por la vida.

Las ciudades no necesitan menos compasión. Necesitan más personas capaces de cuidar. El problema nunca son las palomas.

El problema es la suciedad, el abandono urbano y la falta de políticas inteligentes de convivencia.

Demonizar animales indefensos para proteger una “imagen turística” es profundamente preocupante. Las ciudades patrimoniales no deberían aspirar a parecer centros comerciales sin vida, sino lugares donde exista equilibrio entre patrimonio, personas y naturaleza.

Defender a las palomas es también defender una idea más ética y más humana de ciudad.

Las heces de las palomas, como las de otras aves, también tienen utilidades y beneficios cuando se gestionan adecuadamente. Históricamente incluso fueron un recurso muy valorado.

Se habla mucho de las palomas de forma negativa, pero casi nunca se cuenta que incluso sus excrementos tuvieron durante siglos un enorme valor para el ser humano.

La llamada “palomina” fue utilizada históricamente como fertilizante natural por su riqueza en nitrógeno, fósforo y potasio, elementos fundamentales para la agricultura.

Antes de los fertilizantes químicos, las heces de aves eran un recurso apreciado para mejorar la fertilidad de los suelos y aumentar las cosechas.

Además, forman parte de los ciclos naturales urbanos y ecológicos: la naturaleza reutiliza materia orgánica constantemente y las aves participan también en esos procesos.

El verdadero problema no son los animales, sino la falta de limpieza, planificación y convivencia equilibrada en las ciudades. Demonizar a las palomas ignorando su papel histórico y ecológico es simplificar un asunto mucho más complejo.

Durante siglos convivimos con ellas sin convertirlas en enemigas públicas. Quizá el problema actual no sea la existencia de las palomas, sino una sociedad cada vez más intolerante hacia cualquier forma de vida que no pueda controlar completamente.

Hay mucho más que decir en defensa de las palomas. Porque defenderlas no es solo defender aves urbanas: es defender la empatía, la convivencia y la capacidad humana de respetar la vida más vulnerable.

Las palomas poseen memoria, reconocen rostros humanos, forman parejas estables y muestran comportamientos sociales complejos. Son animales inteligentes y extremadamente adaptables, capaces de sobrevivir en entornos hostiles creados por nosotros mismos. Muchas de las palomas urbanas actuales descienden directamente de aves domesticadas y utilizadas por el ser humano durante siglos; es decir, primero las criamos y explotamos y ahora las culpamos por existir junto a nosotros.

También conviene recordar algo importante: el lenguaje importa. Cuando se llama “plaga” a seres vivos se facilita socialmente el rechazo, el maltrato y la violencia contra ellos. Esa deshumanización —o mejor dicho, “desanimalización”— crea una cultura de intolerancia hacia la vida. El humano olvida con frecuencia que él mismo es un animal, muchos ni lo saben, creen que un humano no es un animal, ¿entonces qué es?. Formamos parte del reino animal, somos una especie más, no somos la guinda de la creación, simplemente somos uno más. Todas las especies tienen civilización, la suya, que respetan, el único animal que va contra sí mismo es el hombre. El peor de todos.

Además, las palomas cumplen un papel simbólico y cultural enorme:

-representan paz y libertad en muchas culturas,

-forman parte del paisaje histórico de plazas, iglesias y ciudades monumentales,

-aparecen en el arte, la literatura y la memoria colectiva,

-y acompañan la vida cotidiana de millones de personas.

Las ciudades no deberían convertirse en espacios estériles donde solo tenga cabida lo rentable o lo decorativo. Una ciudad verdaderamente civilizada es aquella capaz de convivir con los seres vivos que la habitan sin recurrir al odio ni a la persecución.

Y quizá la pregunta más importante sea esta: ¿qué dice de nosotros una sociedad que responde con desprecio hacia animales indefensos que solo intentan sobrevivir, en un mundo que nosotros hemos adulterado, modificado, destruido, desnaturalizado?

FUENTE:https://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/5895172/palomas-no-plaga-seres-vivos-llevan-siglos-formando-parte-nuestras-ciudades-nos-dan-ejemplo-cada-dia

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