LOS TOROS DE FUEGO EN LAS FIESTAS
Abr 29 2015

POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)

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Las noticias sobre los festejos populares en la Región de Murcia son escasas durante los siglos XVII, XVIII Y XIX.

Concretamente, los días 1,2 y 3 del mes de mayo, festividad de la Santa Cruz, se celebraba en Abanilla, Ulea y Caravaca, La fiesta del toro de fuego. Se trataba de un armazón de madera o de hierro; semejante a un toro sin patas que en los costados y lomos se les colocaban unas bengalas y petardos a los que se les prendía fuego. A lomos de los mozos, bien protegidos del fuego, correteaban por toda la plaza con el toro emanando fuego por el exterior, despertando la algarabía de los asistentes y el temor de los miedosos. Los feriantes que organizaban el espectáculo eran una familia de Mula que habían adquirido dicho compromiso con los tres ayuntamientos.

El toro quemado, lo dejaban enfriar y, sin más demora lo trasladaban al pueblo siguiente para organizar idéntico espectáculo, teniendo que circular por caminos polvorientos durante toda la noche; siempre los mismos días e idéntico orden: Abanilla, Ulea y Caravaca; en donde se efectuaba el fin de fiesta del toro de fuego. Se trataba de un panegírico pagano en el que se implicaban abundantes grupos de caravaqueños, uleanos y abanilleros. Los días solían cambiar cuando el día 4 de mayo caía en domingo. Sí, cambiaba el día pero nunca el orden.

Estas fiestas eran frecuentes en nuestro municipio en la segunda mitad del siglo XVIII, aunque resurgieron, tras más de medio siglo sin tener noticias de ellas en la década de 1845 a 1855, auspiciadas por el alcalde Joaquín Miñano Pay y costeadas por Fray Jesualdo María Miñano López, de su pecunio particular. La diferencia era notoria ya que al desligarse de Abanilla y Caravaca, se le dedicaban dos días en vez de uno y, como consecuencia, se les daba más esplendor.

Aunque los riesgos eran mínimos, casi inexistentes, un año en Caravaca, un grupo de intrépidos se acercaron demasiado y zarandearon al toro y se produjo un pequeño incendio. Solamente una persona quedó herida por quemaduras. Se trataba de Bartolomé Cañadas, presbítero, que tuvo tan mala fortuna que perdió la visión. Por tal motivo denunció a Juan del Puerto y Torrecillas que fue quien le empujó hacia las llamas y fue obligado al pago de la manutención de por viva del sacerdote.

A pesar de este incidente, el festejo del toro de fuego carecía de todo peligro; salvo que se cometiera una imprudencia como la reseñada.

Recuerdo a los lectores que no tiene nada que ver con la fiesta del toro embolado ya que este, sí es un toro de verdad al que se le había embadurnado con trapos de grasa y unas bolitas aceitosas y, además, sin protección alguna.

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