LOS VALIOSOS RELOJES DE FALTRIQUERA DEL SIGLO XVIII
May 15 2015

POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)

Sacerdote antiguo_web

Las personas de haberes en Ulea, durante la segunda mitad del siglo XVIII, usaban relojes vistosos como el que tiene una joya preciosa; no solo para saber la hora en que está, sino como signo de ostentación y poderío. Tan es así, que los mandamases del pueblo lucían sus relojes en los bolsillos de sus chalecos mientras que las mujeres e hijas de esos prebostes los guardaban en sus faltriqueras. De igual forma lo hacían los clérigos; que portaban su bolsa o faltriquera bajo su vestidura talar.

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Al ser los relojes artilugios que no estaban al alcance de la economía ni rango social de la mayoría de los uleanos, no existía en el pueblo ningún relojero que fuera capaz de reparar las averías que pudieran surgir.

Por tal motivo, a la posada del tío Blas, que hacía de mesonero y sastre, venía cada tres meses un relojero de Blanca, que se hacía llamar Dionisio Parra Núñez. Allí se alojaba durante cuatro o cinco días y, cuando terminaba las reparaciones de los relojes averiados, que requerían de su arte emprendía la marcha a otro pueblo.

Los relojes que no podía reparar porque carecía de los repuestos necesarios y herramientas especiales se los llevaba, y reparaba en su taller de la localidad de Blanca y, a la siguiente visita los traía arreglados; si eran reparables. Los traía compuestos, como a él le gustaba decir. Por eso le enorgullecía que le llamaran Dionisio, el componedor de relojes.

Ya, a finales del siglo XVIII, comenzó a venir al pueblo otro reparador de relojes y surgió la competencia. Este nuevo componedor venía del cercano pueblo de Abarán, según decía, y atendía por el nombre de Andrés Gómez Morte. El tío Blas, el de la posada y sastrería, optó por una solución salomónica y consiguió que fueran alternándose, con el fin de no coincidir, cada dos meses; procurando repartir el trabajo de forma equitativa.

Los relojes, en dicha época, eran artículos de lujo, de ostentación y poderío, tanto a nivel económico como político y social eran verdaderas joyas, alhajas heredadas o compradas por sus padres; con el fin de que siguieran la estirpe de su rango y distinción.

Sin embargo, el espíritu ambicioso de estos componedores de relojes, les llevó a la picaresca de alegar falta de piezas para repararlos en la misma posada del pueblo y, así, se los llevarían para poder repararlos y traerlos arreglados en la siguiente visita.

Estos relojes que generalmente eran de gran valía, comenzaron a desaparecer; ya no regresaban, ni arreglados ni sin arreglar. Al carecer del control necesario de estos componedores de relojes de faltriquera y de bolsillo, era frecuente la desaparición de los mismos, sobre todo los más valiosos, y las protestas de los vecinos se convertían en verdaderas pataletas de indignación, ya que no prosperaban al no existir ningún documento escrito que acreditara la propiedad de los relojes.

Sin embargo, en el año 1797, el timado fue el cura párroco Carlos Clemencín Viñas, quien portaba un reloj de oro de gran valía en la faltriquera que llevaba bajo su vestidura talar de sacerdote.
Como el relojero se lo llevó a su taller para componerlo y no lo trajo arreglado, ni sin arreglar, elevó las protestas pertinentes ante la justicia del pueblo y, el Alcalde hizo llegar dicha denuncia al Regidor de la Región de Murcia, con el fin de tratar de esclarecer las circunstancias del robo de su apreciado reloj (alhaja que heredó de su padre, el día que fue ordenado sacerdote).

En la denuncia, el Corregidor de Ulea, hizo saber al Regidor Provincial Salvador Vinader, que se avecindaban sujetos que se hacían pasar por componedores de relojes, que no son tales y, si lo son, lo aprovechan para retener en su poder los que son de gran valor y, cuando acumulan varios dejan de venir, se desplazan de sus domicilios y desaparecen de sus pueblos: si es que verdaderamente eran del pueblo que decían. Si, se marchaban de sus pueblos, a paraderos desconocidos, con las joyas (los relojes) que se habían llevado para reparar en sus talleres.

El Alcalde conminó al Regidor Provincial a que tomase la providencia en este particular, con el fin de evitar el robo de alhajas y, por los quebrantos que ocasiona a los ciudadanos; haga caer el peso de la justicia sobre estos componedores de relojes que se dedican a la rapiña de lo ajeno.

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