POR PEPE MONTESERÍN, CRONISTA OFICIAL DE PRAVIA (ASTURIAS)
Una de las nuevas religiones en los programas de la telerrealidad, que trasciende a la fantasía de la vida, es ser desahogado, decir a la cara del prójimo lo que uno piensa y todo lo que uno piensa; de esa manera facilita el conflicto, como exige el guion de cualquier novela. Un personaje de ficción jamás debe sorprender al autor, su dios; si es tonto no caben disimulos, ha de parecerlo; así en la telerrealidad. Y el llamado en la narrativa monólogo interior o flujo de conciencia, al tratarse de un audiovisual, debe manifestarse ante la cámara; pensar en voz alta conviene para que el personaje, en especial si es poco activo, cobre músculo, pero sin reflexiones profundas que lo ahoguen o cansen al espectador; de ahí que la productora, al seleccionar a los agonistas, opte por gente de media cuchara, mentecata, rescatada de los árboles de las urbes, de mecanismos emocionales primarios, transparentes como medusas.
Fuente: https://www.lne.es/
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