POR JOSE ANTONIO ÁLVAREZ CASTRILLÓN., CRONISTA OFICIAL DE OSCOS (ASTURIAS)
Con el tiempo supe, él se dio cuenta, que habíamos tropezado mucho siendo yo guaje cuando iba a pescar por Celorio hace más de medio siglo. El destino tiene esas bromas.
Lo recuerdo después como acompañante habitual de Santiago Melón, uno de sus maestros, remontando la calle del Rosal en tertulia peripatética. Y aun años más tarde asistí a sus clases del CAP, donde resultaba novedosa entre tanto academicismo la prédica de Florencio Friera sobre la lectura del paisaje y sus gentes.
Pero, en realidad, nos íbamos a tratar años después, en el entorno amigable de nuestro común maestro, Nacho Ruiz de la Peña. Él representante de los de primera hora, y yo recién incorporado como vocación tardía; los dos vinculados ya por la docencia e intereses de investigación.
Su semblante adusto defendía una prudente timidez, escondiendo bajo la seriedad un carácter afable que delataba al maestro que era. En el RIDEA, Nacho me lo presentó como Floro, y así quedamos. Encajamos pronto, acaso por reconocernos cómplices en cierta querencia campesina, con Cincinato como referente común.
Conocía sus trabajos sobre Pérez de Ayala, y para entonces andaba ya con su segundo gran proyecto, el Diccionario de Martínez Marina. Supe así de su forma de trabajar hasta la obsesión, con un compromiso inusual con la Historia, apurando hasta la última fuente y sin despreciar ninguna. Cuando Floro escribía algo estaba seguro, y lo sostenía con vehemencia.
Pero tenía otras facetas. La del profesor universitario, que alumbró muchas promociones de Magisterio y del CAP desde la Didáctica de las Ciencias Sociales, dejando recuerdo de buen profesor, y la del cronista de su tierra, acaso su ocupación más querida.
El destino tiene esas bromas, y también en ambas seguí sus pasos. El año de su jubilación me hice cargo de sus clases en la facultad, y al poco fui nombrado cronista de mi tierra a propuesta suya. Convencido de que esa figura y el trabajo aparejado contribuirían a sostener un mundo, el rural, en clara recesión, me empujó a lo que él entendía como una forma de servicio público.
No faltará quien glose su faceta académica. Quiero yo hacerlo del cronista, que a mi ver fue modélico, por lo discreto y altruista, y deja investigaciones exhaustivas que son ejemplo para el gremio. El catálogo del RIDEA acoge un rimero de trabajos de primer orden sobre el hermoso concejo de Sariego que dan cuenta de la sensibilidad exquisita de quien ha cumplido con creces su compromiso. A sus vecinos les queda en esa obra un referente precioso.
Floro atesoraba topónimos, aún me quedó preguntarle cómo pronunciar correctamente su apellido, tan asturiano. Queda para la próxima.
Pensaba al inicio cómo titular estas líneas de recuerdo. Sé que a su sencillez le agradaría que lo llamase paisano, en la doble acepción de gente del país y hombre de una pieza, así lo conocíamos Nacho y yo, y así lo recordaré siempre. Compañero, Sit tibi terra levis.
FUENTE: https://www.lne.es/opinion/2025/07/10/paisano-sariego-119541755.html