POR ALFREDO PASTOR UGENA. CRONISTA OFICIAL DE YEPES (TOLEDO). HISTORIADOR

En esta época, algunos políticos defendieron también la necesidad de «europeizar» España, de abrirla en lo posible a los países de su entorno más desarrollado (por ejemplo, Joaquín Costa y más adelante, José Ortega y Gasset), pero otros prefirieron buscar la esencia española en sus tradiciones y en su pasado, marcados presuntamente por la política ocasionada por el liberalismo durante el siglo XIX.
También en la clase política hubo «regeneracionistas» comprometidos con la reforma del corrupto sistema de la Restauración
Entre ellos cabe citar a Francisco Silvela, y con más rotundidad, a Antonio Maura y José Canalejas. El deseo manifiesto de cambio político estaba ya extendido en 1902; la idea era transformar la democracia caciquil en una democracia sincera, lo que nunca se conseguiría con la monarquía de Alfonso XIII.
Maura y Canalejas fracasaron en la idea de reformar el sistema de la Restauración “desde arriba”, democratizando el régimen “desde dentro”. El objetivo de uno y otro fue común: convertir a sus partidos en verdaderas organizaciones de masa apoyadas en la opinión pública y no en los intereses de los caciques.
Con la caída de Maura se rompió la normalidad política. A partir de ahora la intransigencia sustituye al diálogo, la transición y al turno pacífico de partidos, iniciándose una etapa de crisis que llevaría a la nación al final del liberalismo imperante.
El primer síntoma de toda esta trayectoria política fue la descomposición de los partidos, dificultando la labor de los gobernantes, al producirse una mayor diversificación del parlamento, lo que explica la efímera duración de los ministerios y las constantes crisis políticas.
No menos importantes fueron las circunstancias que generaron el intenso debate de la Primera Guerra Mundial en España. Dentro y fuera de la clase política, las posiciones se polari-zaron entre “neutralistas” y partidarios de intervenir en la guerra; estos últimos estaban divididos entre “alialófilos” y “germanófi-los”.
En medio de la crisis, Alfonso XIII no dudó en utilizar su poder para quitar o poner Gobiernos, o para entrometerse en la vida política del día a día, mucho más allá de lo que hubiera pensado Cánovas cuando ideó la Constitución de 1876. Sirva como dato demostrativo de la inestabilidad política y social el que entre
1908 y 1923 las garantías constitucionales se suspendieran hasta veintitrés veces, sobre todo las libertades de reunión, prensa y asociación.
La coacción al poder público por los grupos políticos y colectividades, provoca una crisis de autoridad.Los problemas más graves que tuvo que afrontar el gobierno fueron las Juntas militares de defensa, la Asamblea de parlamentarios y la Huelga general revolucionaria de 1917, hechos que descompusieron el sistema.
En el exterior, el problema más importante fue el de Marruecos, especialmente en 1921. En el interior la crisis de autoridad y los movimientos obreros, la acción anarcosindicalista con su táctica terrorista en toda España, de la que fueron víctimas dirigentes como Eduardo Dato, asesinado en 1921, siendo jefe del Go-bierno. Barcelona vivía sumida en una fuerte anarquía que ensangrentaba sus calles con continuos atentados terroristas fruto de la lucha entre sindicalistas y grupos políticos de tendencias opuestas.
La constante lucha de los partidos para alcanzar el poder, los frecuentes cambios de gobierno, la desorientación política y la agitación provocada por los extremistas, junto con los descalabros de África, motivaron el levantamiento del capitán general de Cataluña don Miguel Primo de Rivera, que, apoyado por el ejército con la conformidad del monarca, dio un golpe de Estado y se hizo con el poder, estableciendo una dictadura militar el 13 de septiembre de 1923. La primera dictadura implantada en España, que duró siete años, hasta 1930, poniendo así fin al período constitucional y parlamentario, fraguándose la crisis definitiva de la Restauración y del liberalismo
FUENTE: A.P.U.