LECTURAS DE PATRIMONIO: ANTONIO FERNÁNDEZ MOLINA
May 23 2026

POR ANTONIO HERERRA CASADO, CRONISTA OFICIAL DE GUADALAJARA.

                                           

Una exposición antológica en el Museo Sobrino los pasados meses de enero y febrero, y el libro “Viva mi pueblo” que gentilmente me ha regalado su hija Elena Fernández Echevarría, han servido para traerme a la cabeza, de nuevo, la figura de Antonio Fernández Molina, quien desde la Mancha a Aragón pasó, entre otros sitios, por Casa de Uceda, y por Guadalajara, para dejar por todos ellos la alegría de su vida, la sorpresa de su mirada y sus hechuras de artista.

Al año que viene celebraremos su centenario, pero es ahora cuando –recién descubierto por su obra– conviene poner en esta tribuna del patrimonio provincial la figura de Antonio Fernández Molina, un artista total. Nacido en la Mancha (Alcázar de San Juan, 1927) y muerto en Aragón (Zaragoza, 2005) puede sin embargo declararse como un artista nuestro, alcarreño, campiñero, guadalajareño, porque aquí vivió sus años de juventud, y experimentó la explosión de su creatividad enorme, única y singular.

Visitaba yo el otro día, junto a mi amigo Jesús Orea, esa sala grande del Museo Sobrino en la que, rodeando a la pirámide doblemente vital que nos dejó el artista geométrico, surgen cada equis tiempo las muestras temporales de artistas diversos del geometrismo. Visitaba digo la muestra “Vanguardia desde la aldea” a propósito de los dibujos y pinturas de Antonio Fernández Molina. En ese lugar, y en aquel momento, se rompieron todas las coordenadas de tiempo y distancia, y nos pareció flotar. Ingrávidos miramos sus esquemas, sus colores, sus mensajes sonoros, sus propuestas postistas. Y nos llamó la atención una cosa: en todos los cuadros aparece un pez, con su cola y sus escamas en unas ocasiones, y transformado en cohete o vaca (aun siendo pez) en otras. Pensé que debía ser estudiado el fenómeno, buscarle la razón a esa obsesión. ¿Por qué el interés del artista del realismo mágico se empeñaba en ponerle un pez a cada cuadro? Él mismo confesó, en cierta ocasión, que podía ser debido a que cuando era niño, “me sacaron de un estanque de mi pueblo natal, donde me había metido a coger peces, para sacarlos de su elemento y ponerlos en otros lugares. Pero siempre que he pintado un pez en un cuadro, me ha estado viniendo a las mentes esa canción que de pequeños cantábamos: ahora que vamos despacio / vamos a contar mentiras, tralará / vamos a contar mentiras… / por el mar corren las liebres, tralará / por el monte las sardinas, tralará…”. Pero está claro que el espectador de los cuadros de A. F. Molina se fijará en los peces a nada. Son los elementos que destacan, que dan fuerza a su obra, que (probablemente) expliquen el resto del cuadro.

De todos modos, la pintura postista que hace Fernández Molina, o cualquiera de sus compañeros de viaje a la Vanguardia (figurativismo, realismo mágico, cubismo, informalismo, surrealismo) no precisan de una explicación. Simplemente buscan gustar, sorprender, mirar la realidad con la parte de atrás de los ojos, con el cerebro en crudo, o asado, y dejar que algunos [críticos de arte] escriban largas parrafadas, cobren por columna escrita, y queden bien con el autor. En el fondo, todo es literatura, como la vida misma.

Si algo hay que decir de este artista al que Guadalajara reivindica ahora como uno de sus máximos valores, es quizás recordar que el “Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia” le define como pintor, grabador y crítico de arte, pero luego en líneas adelante agrega: “Escribió alrededor de cien libros entre narrativa, ensayo, poesía, cuentos infantiles, ensayos y monografías sobre artistas plásticos, sin olvidar que se inventó a los poetas heterónimos Roberto Goa y Mariano Meneses”. O sea, que nuestro personaje puede quedar bien definido si de él decimos que fue un artista total, que pintó, y escribió. Él siempre admiró a los pintores que escribían. Todo ha quedado guardado, y su obra será estudiada y admirada en el futuro. Pero lo que pintó entra por la vista en un momento, invita a la reflexión, y se queda holgadamente en los sacos hondos de la memoria. Por eso la exposición antológica “Vanguardia desde la aldea” que ha tenido abierta el Museo Municipal “Francisco Sobrino” los meses de enero y febrero de 2026 ha revelado su utilidad para descubrir al pintor Antonio Fernández Molina. Al escritor será más difícil, y lento, descubrirlo, pero no desistimos de ello.

Colabora a esta tarea un libro que aparecía expuesto en la Muestra arriácense, y que he conseguido gracias al regalo de su hija Susana. Es un libro cómodo, a pesar de que el reportaje (que se puede ver en Internet) sobre su vida le califique de “poeta incómodo”. Como me gusta glosar los libros que aprecio, este será uno de ellos. Y lo haré muy brevemente: con tapa dura, en un tamaño más que humano, “de mano” (14 x 18 cms.) con un papel casi cartón, en cuatricromía, está editado por el sello valenciano “Media Vaca”, tiene 144 páginas y en las iniciales muestra, en letra grande, algunos poemas, sentencias y aforismos que le dan valor: “el día nace de mis sueños”, “la tarde se sostiene en el cuerpo de un pájaro”, “Yo salí de mi pueblo a ver el mundo… y ¡el mundo estaba en mi pueblo!” seguidas por las que contienen sus dibujos de lápiz y tintas, que parecen mirarnos y nos perdonan.

Antonio Fernández Molina vivió en Guadalajara entre 1951 y 1959, y en esa década desarrolló junto a otras personas que tenían voz en la ciudad, un movimiento cultural muy destacado, en el que cupo la edición de la Revista “Doña Endrina” y en la que se organizaron lecturas, conferencias y recitales, teniendo de compañeros de vanguardia a José Antonio Suárez de Puga, Miguel Lezcano, Alejandro Ortiz Navacerrada, José de Juan-García, José Luis Aguado, Miguel Picazo, Purificación Antón, Antonio Leyva, y un largo etcétera que daba tono postista a la ciudad de entonces.

Tras su marcha (fue a Mallorca y colaboró con Camilo José Cela en la redacción de la Revista “Papeles de Son Armadans”, para seguir luego en Zaragoza, donde murió al fin) quedó siempre el recuerdo de aquel entusiasta y optimista muchacho al que hoy evoco.

Para acabar, pongo aquí los versos que le escribió Fernando Arrabal, cuando Antonio murió en 2005: “Con mi pañuelo ensangrentado de semen / te digo «hasta la vista poeta» / Pronto serás planeta y firmamento / hombre de oro y de hierba. / No conduzcas demasiado deprisa en la eternidad. / Pero pon los pies en polvorosa. / Has abandonado los péndulos verdes. / Y asustado a todas las censoras. / Mereciste una docena de Cervantes. / Sin contar con los Nobel / aplastando los abrojos”. Tras la extraña maraña se adivina el afecto, y el deseo de felicidad en ese fondo de cuadro que es la eternidad individual.
Muchas cosas se dijeron de Antonio F.M. Unas cuando murió (siempre encomiásticas, como se suele) y muchas otras en vida. Porque su personalidad desbordaba simpatía y conectaba perfectamente con cualquiera que se le acercara. Otras fueron dictadas por la admiración a su obra. Así, de él dijo José Hierro que “Antonio Fernández Molina es un pintor realista. Lo que sucede es que la realidad que refleja no es la que todos conocemos”. Y Edmundo de Ory le espetó: “AFM es un niño soñado. Él se pasa el tiempo ensimismándose en sus quiméricos y monstruosos cuentos de hadas”. Creo que podemos presumir de estar viviendo aún en la ciudad que Antonio Fernández Molina usó como aeródromo de sus inventivas y sus resueños.

FUENTE:https://www.herreracasado.com/2026/05/22/antonio-fernandez-molina/?fbclid=IwY2xjawR-bj5leHRuA2FlbQIxMABicmlkETBaR0lBS0RWclRSZUdpOVlMc3J0YwZhcHBfaWQQMjIyMDM5MTc4ODIwMDg5MgABHjuMnwMTa–EKt0Qxqa8DfIRo3BtMNmYT3KiH5MmmggGZgRmgkRaU27rlrIz_aem_BD50Gr7I94eGlX71Bo01IQ

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