ESTAMPAS NAVETAS. FLORIDO MAYO.
May 23 2026

POR LEOCADIO REDONDO ESPINA, CRONISTA OFICIAL DE NAVA, (ASTURIAS).

   Mes de las flores.  Días grandes. Florido y hermoso. Mayo, mes que suscita general esperanza, después de superar el invierno. Pero bueno, vamos por partes, como diría cualquier malvado descuartizador. Hoy hace sol y buen tiempo, pero la realidad es que cuando concebí este artículo, viernes l5 de  mayo de 2026 (San Isidro, fiesta en Madrid), ¡ay! de lo esperado, o previsto, o deseado, o anunciado en cuanto al tiempo y su bonanza, nada de nada.

Y así ocurre que cuando, como caminante mañanero, te atreves con el paseo, aunque llueva y la temperatura esté por debajo de los diez grados, te puedes encontrar (cuando vas encogido bajo el paraguas,  aguantado un chaparrón inmisericorde, frío y contundente), con la sorpresa que, de repente, aparece un sol apabullante, hasta entonces escondido tras las nubes, negras y bajas, y una lluga (hermosa en alto grado, desde luego, pero efímera, como la propia felicidad) irrumpe e ilumina el paisaje, envolviéndolo todo con una luz como de película,  dejando atónito al sufrido paseante, el cual, sin remedio, queda deslumbrado al contemplar tanta belleza estallando de golpe a su alrededor, mientras (ojo al parche), sigue refugiado bajo el paraguas, pues continúa lloviendo con la misma furia y contundencia que lo hacía antes de que asomara el sol (por cierto, ya desaparecido). Situación esta que da pie al caminante (que se siente irónico por un momento), a considerar lo contemplado como una forma de tomadura de pelo (sutil, si se quiere, pero tomadura de pelo al fin) que, de vez en cuando, nos ofrece la Madre Naturaleza.

Sigue su paseo el caminante, “inasequible al desaliento” (según solía decirse y escribirse antes) o neciu como él solu, (que es lo que encontramos  más ajustado), el cual, después de soportar el fuerte chaparrón, aprecia ahora, al caminar  por un sendero estrecho, que los tallos más altos de las hierbas que crecen a ambos lados tienden a inclinarse hacia el centro del mismo, resultando que al pasar, y en consecuencia,  proceden a transferir al propio pantalón las gotas de agua que hasta entonces estaban reteniendo.

De modo  que mojado por tierra, mar y aire (pese a contar con la buena voluntad del fiel paraguas) el paseante retorna a casa rememorando, de camino, (quizá para compensar, en el plano psicológico), lo mucho que disfrutó,  en un mayo ya lejano, leyendo con fruición y entusiasmo juvenil la novela “Entre naranjos”, de Vicente Blasco Ibañez.

FUENTE: Publicada en La Nueva España Viernes, 22 de mayo de 2026, página 11.

 

 

 

 

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