POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA. CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)
Desde el siglo XVII, se tiene constancia de que las viviendas de Ulea -casas o cuevas-estaban rodeadas de terrenos de uso particular, generalmente- y otras de utilidad pública-, no cultivables y, en algunas ocasiones, propiedad del Estado.
Estos terrenos que circundaban la vivienda, eran espacios de esparcimiento, pero, a la vez, eran utilizados para la culminación de las tareas agrícolas. Allí se ubicaban las eras en donde se trillaban los cereales (trigo, cebada, centeno, avena, etc.) y legumbres (garbanzos, lentejas, habichuelas, habas, etc.) y se apilaba la paja que servía de alimento de las caballerías, así como para rellenar colchones y almohadas y como cama para las gallinas ponedoras y cluecas; así como para los polluelos “tras salir del cascarón”. A estos terrenos que rodeaban las viviendas, se les llamaba y se les llama “Ejidos”
Todas las viviendas del campo-casas o cuevas- y, también, algunas del casco urbano, disfrutaban de esos espacios libres que servían para todo lo mencionado y, además, como zona de expansión de sus moradores, ya que las faenas domésticas, de las viviendas, se efectuaban en los aledaños, por carecer de servicios en su infraestructura interior. De tal forma qué, en el ejido, se lavaba, se tendía la ropa para que se secara, se cocinaba y, cuando el tiempo lo permitía, se comía a la intemperie. En el interior solamente se dormía, o se utilizaba para prevenirse de las inclemencias del tiempo: frío, calor, lluvia y viento.
Sin embargo, desde el siglo XVII, hasta mediados del siglo XX, las infraestructuras eran muy deficitarias y, como no existían el teléfono, radio, televisión, luz eléctrica, agua potable-en el interior de la vivienda de ninguna clase-, desagües y un largo etcétera de carencias, se abastecían de forma primitiva, con el fin de soslayar dichas deficiencias: recogían el agua de lluvia, cocían el pan en sus hornos de leña, donde, además del pan, horneaban sus dulces y tortas de maíz. Como todas las viviendas tenían su corral-las casas en la parte trasera y las cuevas en los laterales-, allí se criaban sus animales domésticos; unos como útiles para la labranza y transporte de materias primas y, otros, como cerdos, cabras, ovejas, conejos, gallinas y pavos-principalmente-para obtener los productos básicos que se necesitaban para la alimentación cotidiana: leche, huevos, quesos y ricas carnes.
En los ejidos, de casas y cuevas, se reunían los vecinos colindantes, tras la cena, en amena tertulia; siempre que las inclemencias del tiempo no lo impidieran, bajo el amparo de las rutilantes estrellas.
Al estar estos ejidos diseminados por los diversos parajes del término municipal de Ulea, todos los labriegos tenían en sus viviendas “herramientas de defensa” por las que pagaban un tributo a la municipalidad y distintos óbolos, a la Iglesia, en la persona del Párroco Ecónomo-también llamado Fabriquero- por los servicios religiosos que recibían. Unos le pagaban con productos agrícolas, otros con animales de corral- o productos derivados de ellos-, otros concertando misas para sus difuntos, otros-los menos-dejando en heredad, tanto a la Iglesia como a la municipalidad, parte de sus terrenos de labrantío—alguno que carecía de descendientes-, se lo legaban en su totalidad; incluida la vivienda y animales domésticos.
En Ulea, desde el Salto de la Novia, hasta las estribaciones de la Sierra de la Pila; desde el monte “El Castillo” hasta el río; desde el Puerto de la Losilla hasta Campotéjar, nos encontramos con parajes que aglutinan varias casas o cuevas y, qué, a muchos de ellos se les ha llamado—y se les cita—con el nombre de sus antiguos moradores. Entre estos parajes nos encontramos con: La Losilla, El Tinajón, El Milanés, Cuesta Blanca, casas del Doroteo, de la Claudia, de los Cascales, Los Pelegrines, Los Parrales, Los Pastor, Los Valientes, Ficaira, La Navela, El Zapatico, Venta de Puñales, Las Lomas, El Barranco de Sevilla, Las casas de los Guardas Forestales y de los Peones Camineros, El Parque, La Morra, La Sardina, El Cabezo “Cortao”, Las estribaciones norte del monte de “Berdelena” y las estribaciones sur del monte “El Castillo” (en ambas montañas se horadaron habitáculos, cuyas cuevas han estado en servicio, hasta fechas recientes.
En todas ellas existía un denominador común: un espacio de terreno baldío que servía de expansión, alrededor de la vivienda; “El Ejido”.
No obstante, como la vida era muy primitiva y se laboraba—en la mayoría de los casos-con horario solar; rodeando el ejido plantaban unas chumberas (también llamadas paleras), cuyos frutos (los higos chumbos o higos de pala), eran exquisitos y de gran valor nutritivo. Sin embargo, la verdadera misión de estas plantaciones-siempre de gran espesor-era la de protegerles de los animales rapaces-a veces peligrosos-que por allí merodeaban y qué, al anochecer, salían de sus cobijos en busca de sus presas; tales como los lobos, zorros y jabalíes. Por tal motivo, además de este baluarte defensivo, tenían herramientas, en el interior de sus viviendas para estar seguros y a buen recaudo, tanto de los moradores como de los animales de corral, de sus presuntos depredadores.
En Ulea así funcionaban y “El Ejido” lo componían los terrenos baldíos que circundaban las viviendas y la plantación de higueras chumberas que servían de entramado defensivo.
Muchos de estos parajes pasaron a la historia, pero, unos pocos, tras ser restaurados, se conservan en buen estado de habitabilidad. Incluso, como he expuesto con anterioridad, conservan los nombres de sus moradores.
