EL BAÚL
Dic 12 2014

POR ANTONIO LUIS GALIANO, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA

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Era frecuente en las casas de nuestros abuelos encontrar un mueble asemejado a un arca en el que se solían guardar ropas. En el mundo artístico se hizo famoso aquél que llevaba como apellidos el de ‘la Piquer’, en referencia a doña Concha que en su periplo por todo el mundo era su compañero inseparable hasta el punto de ser considerado como sinónimo de viajero. Por otro lado, hace años, allá por las décadas de los setenta y setenta del pasado siglo, irrumpía en ese mundo una cantante dentro de lo que se dio en llamar estilo pop-rock, que con su dinamismo y alegría nos hizo bailar y pasar buenos momentos. Me refiero a la giennense María Isabel Llaudes Santiago que, como sabrán esconde sus nombres y apellidos en el artístico de Karina. Entre sus múltiples canciones habían dos que me motivaban y me subían la moral: ‘Día de fiesta’ y ‘El baúl de los recuerdos’. Esta última, con su reiterado «uuuh» venía a anunciarnos algo similar a aquel dicho de que «las palabras se las lleva el viento», y en la letra de la canción se añadía: «y solamente quedan los recuerdos».

Cuánta razón tiene aquella frase, en que el dios Eolo es capaz de arrasar de un solo soplo la palabra del hombre, dejando únicamente entre los humanos la remembranza. Pero estos han sido y son incapaces de mantener en su disco duro toda la información que a ellos va llegando. Por esto, a lo largo de los siglos, algunos curiosos de la historia fueron capaces, en precarias condiciones y simplemente con un lápiz y un papel, de copiar documentos para que su contenido perviviera para la posteridad, ante el riesgo de la desaparición del original.

Hemos de tener en cuenta para conocimiento de futuras generaciones que, entonces no había fotocopiadoras, ni por supuesto impresoras ni escáner. Sólo existía buena voluntad, vista excelente, mejor caligrafía, pluma (ni siquiera bolígrafo) y papel rayado o cuadriculado. Entre aquellos que hemos conocido y que dejaron como legado esos manuscritos hay dos personas con las que mantuve una estrecha y cordial relación el franciscano Agustín Nieto Fernández, Archivero Honorario del Ayuntamiento y Francisco Giménez Mateo, Medalla de Plata de la Ciudad de Orihuela y Académico Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. Gracias a este último conocemos algunas páginas de nuestra historia que fueron publicadas en periódicos antiguos, unos inexistentes o mutilados hoy, otros que aún permanecen. Entre los que se conservan y que conocí a través de una copia manuscrita de don Paco, siempre me llamó la atención y en ocasiones lo he utilizado citándolo, está el «Resumen histórico-geográfico» titulado ‘La Ciudad de Orihuela’, escrito por Rufino Gea con motivo de la fiesta de la promesa a la bandera por parte de los Exploradores Oriolanos celebrada el 15 de junio de 1917. Este trabajo se publicó en el semanario tradicionalista ‘El Conquistador’, los días 20 y 25 de agosto y 1 de septiembre de dicho año, siendo el motivo de su inclusión en dicho semanario el hecho de que, en su momento, se imprimió y vio la luz con muchas erratas y se alteró el orden de algunos párrafos.

En él, Rufino Gea, en las pocas páginas de que consta hace un estudio pormenorizado sobre la ciudad y su historia, las tradiciones y fiestas, la huerta y sus riegos, el obispado, y menciona a algunos oriolanos que destacaron a lo largo de los siglos. El autor se entretiene hablándonos de su partido judicial y los diputados que se elegían (uno para las Cortes y cuatro para la Diputación) junto con el distrito de Dolores. Nos habla de los servicios que en esos momentos disponía Orihuela tales como correos, teléfonos y telégrafos. En esos años, en la ciudad existía Caja de Reclutamiento, Comandancias Militar, y de la Guardia Civil y Carabineros. Había dos teatros (Corredera y Circo) y Plaza de Toros que había sido inaugurada en 1907.

En el aspecto religioso además de la Catedral, del Seminario y tres parroquias (Salvador, Santas Justa y Rufina, y Santiago Apóstol), existían dos conventos de frailes (franciscanos y capuchinos) y cinco de monjas, casa y colegio de la Compañía de Jesús. Había dos colegios de segunda enseñanza, ocho escuelas nacionales y un colegio para señoritas regentado por las religiosas de Jesús María. En referencia a los establecimientos de beneficencia se contaba con el Hospital y la Casa de Misericordia, atendidos por las Hermanas de la Caridad, y el Asilo que estaba a cargo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. La banca estaba representada por la sucursal del Banco de Cartagena, existiendo además dos cajas de ahorros. Se disponía de otras instituciones como la Cámara de Comercio e Industria, una Federación de Labradores y un Sindicato Agrícola. En el aspecto energético e industrial, se contaba con tres fábricas de energía eléctrica, una de conservas y cinco molinos hidráulicos.

El Ayuntamientos estaba presidido por José María Franco Rebagliato, que desempeñó el cargo desde el 1 de enero de 1916 hasta que fue sustituido el 28 de junio del año siguiente por Luis Ibáñez Aliaga. Hasta final de 1917 la presidencia de la Corporación Municipal cambió dos veces más, ocupando el cargo Abelardo Teruel García y Tomás Bueno Llopis. El resto de la Corporación estaba formada por seis tenientes de alcalde, dos síndicos y veintiséis concejales. El número de habitantes era de 35.236, de los que 14.034 vivían en el casco urbano. Se contribuía con 693.000 pesetas (4.165,16 euros) a las cargas del Estado y con 350.000 (2.103,62 euros) a los gastos municipales.

Gracias a que Francisco Giménez Mateo de su puño y letra copió estos datos de ‘El Conquistador’, hoy podemos tener guardada en nuestro baúl de los recuerdos una fotocopia de su manuscrito, el cual nos habría servido si hubieran desaparecido las páginas del semanario tradicionalista.

Fuente: http://www.laverdad.es/

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