POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
En Murcia podemos presumir de atesorar cosas magníficas. No en vano, esta bendita tierra donde todo lo sorprendente encuentra asiento, hasta tiene un auténtico unicornio. Hecho mojama, pero unicornio. O, cuando menos, eso creían en la Edad Media. Para contemplarlo, basta echar un rato delicioso en el histórico Instituto Alfonso X el Sabio, donde el mitológico cuerno de tan legendario animal se conserva desde hace generaciones.
Les cuento. Cruzar el umbral del Instituto no es entrar a un centro de enseñanza cualquiera. Es una especie de portón del tiempo que, porque aquí somos como somos, nos pasa inadvertido.
Pocos murcianos, de los muchos que hoy apresuran el paso bajo este sol que augura un verano asfixiante, sospechan que entre aquellas paredes existe un santuario de la ciencia, cuyos cimientos se hunden en la Murcia de mediados del siglo XIX. Me refiero a su museo, tan único en España como desconocido.
La colección natural recoge especies disecadas de macacos y chimpancés, un perezoso, el cálao, el armadillo, el chajá, el cucang (que, como ustedes, ni idea tengo de lo que es), el último y legendario quebrantahuesos murciano, otro canguro, hienas, el jaguar, águilas reales, los cocodrilos de Asia, tortugas y flamencos… Y un lobo autóctono y extinguido.
A donde quiera que uno mire, salta la sorpresa. En un estante, unos afilados dientes de tiburón desenterrados en un yacimiento de Lorca; al lado, restos de mamuts que un día caminaron pesadamente por el Puerto de la Cadena, mucho antes de que los cartagineses soñaran con fundar colonias. Y si hablamos de dentaduras singulares, la joya de la corona es un cuerno de narval.
El llamado cuerno de este pez es, en realidad, un colmillo canino gigante que atraviesa su labio superior. Puede medir hasta tres metros de largo y crece en espiral. Esta estructura inspiró el mito del unicornio.
Los marineros lo vendían a precio de oro asegurando que pertenecía a la mitológica especie, capaz de curar todos los venenos. El Alfonso X lo conserva para regocijo de la ciencia. Porque en Murcia, bendita tierra, hasta tenemos unicornios. Súmenle a esa pieza otra no menos curiosa: un cordero siamés con cuatro patas traseras.
Una biblioteca con 30.000 volúmenes
La impresionante biblioteca, con unos 30.000 volúmenes, es otra gran desconocida. Pocos saben que son los restos de la primera biblioteca pública de Murcia, que abrió sus puertas en torno a 1859 en el Instituto. ¿Qué libro me llevaría yo? Pues ‘De Sacra Philosophia. Liber Singularis’ de Francisco Vallés de Cobarrubias, editado en el año 1587.
Esta magnífica colección no fue fruto del azar, sino del tesón de hombres de ciencia que amaron Murcia. El gran impulsor de este tesoro fue Ángel Guirao, un doctor que llegó destinado al antiguo Instituto Provincial en el lejano año de 1855.
Con paciencia y un entusiasmo contagioso, Guirao se convirtió en el alma y motor de un museo fascinante. A sus desvelos se unirían más tarde las aportaciones de la colección particular de otro murciano ilustre, Francisco Cánovas. Juntos levantaron un gabinete que parecía sacado de una novela de Julio Verne.
Quien se aventure por sus vitrinas quedará pasmado. Allí reposa, desafiando los siglos, un descomunal pez fosilizado cuya antigüedad marea: más de siete millones de años contemplan sus escamas pétreas. Nos recuerda, con muda elocuencia, aquella época remota en la que toda la Región no era huerta, ni vega, ni secano, sino un inmenso y profundo mar azul donde nadaban monstruos de otra era.
Pero el cronista, qué quieren que les escriba, se emociona ante otra pieza de escándalo: el último quebrantahuesos de Murcia. Una joya alada hoy extinguida, que parece querer levantar el vuelo bajo el techo del Instituto. Al igual que un lobo autóctono, memoria viva de las noches de invierno en que los pastores temblaban con sus aullidos en Sierra Espuña.
No faltan tampoco los caprichos de la naturaleza, esos que tanto encandilaban a la sociedad decimonónica, como un increíble cordero siamés nacido con cuatro patas traseras, que aún despierta exclamaciones entre los escolares que lo visitan.
Y si la Historia Natural deslumbra, la Física y la Química no se quedaron atrás gracias a otra figura colosal: Olayo Díaz. Catedrático del centro, ejerció el magisterio en Murcia durante veintitrés cursos académicos. Él registró la temperatura más alta nunca vista en España: hasta 65º al sol. Fue en 1876. Y aún hoy no falta quien dude del método científico que empleó, siendo como era uno de los más grandes científicos de España.
Para traer esta tecnología del siglo XIX a la huerta murciana, Olayo se valió de un cómplice de excepción: el óptico francés Michel Dubon, un aventurero de la ciencia afincado en la Murcia de la época. Se surtió de las mejores casas alemanas (Max Kohl y Zeiss), francesas (Secretan, Gaiffé, Demichel) y españolas (Viuda de Aramburo).
Díaz no partió de cero (a su llegada ya latían un centenar de aparatos), pero su gestión fue tan arrolladora que logró quintuplicar la dotación. En la memoria del curso 1883-84 ya se contabilizaban más de quinientos ingenios clasificados en dieciséis secciones.
Aquello revolucionó las aulas. En una España donde la ciencia se aprendía de memoria en libros aburridos, Olayo posibilitó que los alumnos ya no solo memorizaran las leyes de la física; las veían manifestarse ante sus ojos. Tal era el renombre de aquél Gabinete de Física y del Museo de Historia Natural, que cuando el rey Alfonso XII visitó el Instituto en 1877, quedó maravillado. Lo cuento por la visita, que evidencia la importancia del centro. Porque, vamos, supongo que tampoco es que al Rey adornara mucha inteligencia.
Les cuento estas cosas rabiando. Para surimiento de mi teclado que, el pobre, paga mi indignación. ¿Cómo es posible que Murcia atesore tan singular patrimonio y no se enseñe en las aulas? Y añado más: ¿Acaso no custodia este museo desconocido decenas de reclamos turísticos, que los poderes públicos deberían ofrecer a cuantos visitan nuestra ciudad? Pues nada. Al menos, cuando ustedes pasen junto al Alfonso X sepan que en aquellos antiguos anaqueles que se conservan dentro palpita una gran parte de la historia científica de este país a la espera de ser puerta en valor. ¿Lo verán mis ojos?