POR JOSE ANTONIO RAMOS RUBIO, CRONISTA OFICIAL DE TRUJILLO (CÁCERES).
Entre las manifestaciones más singulares del paisaje sagrado prerromano de la Península Ibérica destacan las denominadas peñas-trono o tronos rupestres, elementos pétreos tallados en la roca que presentan una cavidad en forma de asiento, generalmente acompañada de respaldo y, en algunos casos, de apoyabrazos. Estas estructuras, ampliamente distribuidas por distintos territorios de la Hispania céltica y particularmente abundantes en Extremadura, constituyen uno de los testimonios más relevantes de la religiosidad indígena de la Edad del Hierro y de las formas simbólicas de representación del poder en las sociedades prerromanas.
Las peñas-trono no aparecen de forma aislada. Habitualmente se encuentran integradas en espacios rituales complejos donde existen altares rupestres, cazoletas, piletas, grabados y otros elementos asociados al culto. Su localización en lugares elevados, visibles y estratégicos dentro del paisaje evidencia una clara intencionalidad simbólica y ceremonial. Estos enclaves constituyeron auténticos santuarios al aire libre vinculados tanto a la esfera religiosa como a prácticas de legitimación política y social.
Extremadura representa uno de los territorios peninsulares donde mejor se conserva este fenómeno. En las provincias de Cáceres y Badajoz se han identificado más de una decena de ejemplos, algunos perfectamente labrados y otros de interpretación más dudosa. La concentración de estos monumentos en áreas de fuerte tradición indígena y en entornos arqueológicos ricos en evidencias protohistóricas permite relacionarlos con las culturas célticas occidentales y con los complejos rituales de investidura y sacralización del poder.
La mayor parte de las peñas-trono extremeñas se localizan en la provincia de Cáceres. Entre los conjuntos más destacados sobresalen los de San Juan el Alto, en Santa Cruz de la Sierra, donde se documentan dos ejemplos; el de El Praillo, en Trujillo; los de Ahigal, en los parajes de Las Canchorras y el Cancho de las Tablas; y los complejos rituales de Los Barruecos y La Zafrilla, ambos en Malpartida de Cáceres.
Bolos graníticos aislados
En la provincia de Badajoz los ejemplos son menos numerosos, aunque destacan el denominado Trono de los Reyes, en la Sierra de San Serván, y la llamada Silla de Don Pepe Alba, en Segura de León. Estas estructuras comparten una serie de rasgos formales comunes. Generalmente se trata de bolos graníticos aislados en los que se ha excavado un asiento más o menos profundo. En ocasiones poseen respaldo vertical, apoyabrazos e incluso escalones de acceso. Algunos ejemplares muestran además signos de reutilización o cristianización posterior, como cruces grabadas sobre la roca, lo que demuestra la continuidad simbólica de estos lugares a lo largo de los siglos.
El contexto arqueológico resulta fundamental para interpretar estas peñas. La mayoría aparecen asociadas a conjuntos de carácter ceremonial. En El Praillo de Trujillo existen pinturas rupestres esquemáticas y un altar asociado; en Las Canchorras se documentan grabados antropomorfos y estructuras rituales; mientras que en Los Barruecos abundan las peñas-altares, las cazoletas y materiales arqueológicos del Neolítico y Calcolítico.
Todo ello indica que estos espacios mantuvieron una larga tradición sacra desde épocas prehistóricas hasta momentos avanzados de la Edad del Hierro e incluso durante la romanización. Las investigaciones recientes coinciden en interpretar las peñas-trono como elementos vinculados al culto y a ceremonias de carácter político-religioso. Su asociación recurrente con altares rupestres y lugares sagrados permite considerarlas parte integrante de complejos ceremoniales relacionados con divinidades indígenas y con rituales colectivos.
En lugares elevados
En numerosos casos, estas peñas se sitúan fuera de los asentamientos, en lugares elevados y dominantes sobre el territorio. Esta ubicación responde a una concepción sacralizada del paisaje característica de las sociedades célticas y prerromanas, donde determinados accidentes naturales eran considerados espacios de comunicación entre el mundo humano y el ámbito sobrenatural.
Especial interés presenta el conjunto de Navas del Madroño, donde el trono rupestre aparece asociado a un posible mitreo romano y a un altar rupestre reutilizado posteriormente en una ermita del siglo XVI. Esta superposición de usos religiosos demuestra la persistencia de la sacralidad del lugar a lo largo de distintas épocas históricas. El hecho de que el supuesto mitreo se orientase hacia el trono refuerza la hipótesis de un espacio ceremonial articulado en torno a antiguas tradiciones indígenas.
El conjunto de la Zafrilla
Igualmente significativo es el conjunto de La Zafrilla, en Malpartida de Cáceres. Allí el trono se sitúa a escasa distancia de un altar tipo “Ulaca”, lo que recuerda otros grandes santuarios rupestres del occidente peninsular. La presencia de escalones, piletas y estructuras erosionadas artificialmente evidencia una compleja organización ritual del espacio. Estas asociaciones permiten relacionar las peñas-trono con ceremonias públicas de gran importancia social. Probablemente eran utilizadas durante actos colectivos vinculados al liderazgo político, la justicia, la proclamación de jefes o la celebración de rituales religiosos destinados a legitimar el poder.
El fenómeno de las peñas-trono no es exclusivo de Extremadura. En toda la Península Ibérica se han identificado aproximadamente cuarenta ejemplos, distribuidos desde Portugal y Galicia hasta Burgos, Cuenca y Teruel. En Portugal destacan el Tribunal o Cadeirão Romano de Nespereira, con cinco asientos, y el Cadeirão da Quinta do Pé do Coelho, en Gouveia, donde aparecen tronos con escalones fechados en la Segunda Edad del Hierro. También existen ejemplos relevantes en Monsanto, Tomar y Castelo Branco.
Fuera de la Península Ibérica
En Galicia sobresalen el Con dos Mouros, en Pontevedra, y la Peña da Raiña, en La Coruña. En Castilla y León son especialmente conocidos los conjuntos de Ulaca, en Ávila, donde existen varios tronos asociados a uno de los castros vettones más importantes de la Meseta. Igualmente célebres son la denominada Silla de Felipe II, en El Escorial, y diversos tronos rupestres de Burgos y Cuenca. Aunque algunos casos resultan dudosos por posibles alteraciones modernas o por procesos erosivos naturales, el conjunto evidencia una amplia tradición ritual vinculada a la roca en el occidente europeo.
Los paralelos más antiguos y significativos se encuentran, sin embargo, fuera de la Península Ibérica. En Anatolia, especialmente en Frigia, se conocen numerosos monumentos rupestres con tronos asociados al culto de la diosa Cibeles desde el siglo VIII a.C. Estos santuarios presentan similitudes notables con los ejemplos hispanos: localización en altura, asociación con altares y escalinatas, y vinculación con rutas de comunicación y espacios funerarios.
También en Tracia y los Balcanes aparecen tronos rupestres relacionados con ceremonias religiosas y de investidura. En algunos lugares de Irlanda y Escocia estas tradiciones sobrevivieron hasta época medieval, utilizándose piedras sagradas para la coronación de reyes. Uno de los aspectos más relevantes del estudio de las peñas-trono es su posible relación con ceremonias de entronización y legitimación política. Diversos investigadores consideran que estos asientos pétreos formaban parte de rituales de proclamación regia dentro de las comunidades célticas occidentales.
El acto de sentarse en el trono tenía un profundo significado simbólico. No representaba únicamente una posición física de autoridad, sino la adquisición efectiva del poder político y religioso. En muchas culturas indoeuropeas el trono constituía el símbolo esencial de la soberanía y del vínculo entre el gobernante y las fuerzas sobrenaturales protectoras del territorio. Esta tradición está bien documentada en Irlanda, donde determinadas piedras sagradas eran utilizadas para coronar reyes. La célebre Stone of Scone o “Piedra del Destino”, empleada en las coronaciones escocesas, constituye uno de los ejemplos más conocidos. También en Tara y Tullaghoge existían piedras de investidura asociadas a ceremonias reales.
La persistencia de estas prácticas en el ámbito atlántico europeo refuerza la interpretación de las peñas-trono hispanas como espacios ceremoniales destinados a legitimar el poder político mediante rituales públicos. La investidura del rey o caudillo se desarrollaría probablemente en asambleas colectivas donde la comunidad reconocía simbólicamente al nuevo dirigente.
En el ámbito etrusco y romano también existieron rituales similares. Desde el siglo VIII a.C. el trono desempeñó un papel central en las ceremonias de sucesión y transmisión del imperium. La influencia oriental de estas concepciones parece evidente, especialmente a través de contactos mediterráneos que pudieron introducir el simbolismo del trono en las sociedades célticas peninsulares.
Comunidades prerromanas
Las peñas-trono constituyen uno de los testimonios más valiosos para comprender la religiosidad y la organización política de las comunidades prerromanas de la Península Ibérica. Su presencia en Extremadura revela la existencia de paisajes sagrados complejos donde naturaleza, culto y poder formaban una unidad inseparable.
Estos monumentos rupestres reflejan una concepción simbólica del territorio característica de las sociedades célticas occidentales. Las rocas, montañas y elementos naturales eran percibidos como manifestaciones de fuerzas sobrenaturales capaces de legitimar el poder y garantizar el orden social. Aunque persisten numerosas incógnitas sobre su función exacta, las evidencias arqueológicas y los paralelos europeos permiten interpretar las peñas-trono como espacios destinados a ceremonias religiosas, rituales de investidura y actos públicos de afirmación del poder político. Su asociación con altares, grabados y otros elementos rituales confirma su integración dentro de complejos sagrados de gran relevancia social.
El estudio de estas estructuras sigue abierto y cada nuevo hallazgo contribuye a profundizar en el conocimiento de las creencias y tradiciones de la Hispania céltica. En cualquier caso, las peñas-trono representan una manifestación excepcional de la relación entre paisaje, religión y autoridad en el mundo prerromano occidental, y constituyen un patrimonio histórico y cultural de enorme valor para Extremadura y para toda la Península Ibérica.
José Antonio Ramos Rubio es doctor en Historia del Arte y cronista oficial de Trujillo.
