LAZARETO
May 18 2026

POR ANTONIO LUIS GALIANO PÉREZ, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA (ALICANTE)


Al iniciar la redacción de una nueva «Riá», siempre o la mayor parte de las veces, me gusta acercarme primero a alguna circunstancia muy próxima a la fecha en que me pongo a escribir. Para después, permitirme relacionarlo, salvo sus limitaciones, dentro de mi memoria con hechos pasados más lejanos. Que a veces, nos demuestran que la historia en numerosas ocasiones se repite, e incluso nos demuestran que en la vida de los hombres y en la sociedad en que habita se continúa tropezando en la misma piedra, una y otra vez.

Así, en meses pasados me refería a las dichosas borrascas tan reiterativas, debido al también recurrente cambio climático. Sin embargo, en esta ocasión, tras la importancia de lo sucedido y con un profuso tratamiento de noticias, los ojos han puesto ante mí, el caso del crucero M V Hondius de bandera neerlandesa y el hantavirus. Seguro, que este hecho será recordado no sólo por el personaje con cuyo nombre fue bautizado, Jodocus Hondius cartógrafo flamenco del siglo XVII, sino también por el motivo sanitario en que se vio envuelto. Y, así pasará a la nómina de barcos famosos como el Titanic, la Pinta, la Niña y la Santa María, el Sir Winston Churchill y el Juan Sebastián de Elcano.

Pero, al margen de inspirarnos como decíamos en el Hondius y en el hantavirus, dejemos a un lado otros asuntos relacionados con ello de índole sanitario, político, e incluso humanitario, regresando en nuestro particular túnel del tiempo a algunas situaciones epidémicas sufridas en Orihuela a lo largo de los siglos, a las que en otras ocasiones nos hemos referido.

Para ello, acerquémonos al siglo XVII, concretamente a 1648, en que aquel cuarto jinete del Apocalipsis cabalgando en un equino de color bayo representando a la muerte armada con una guadaña despiadada, al que muchos identifican también con la peste, asoló a Orihuela en esas fechas. Como decía corría el año 1648, y se cuantificó entre el 15 de febrero hasta el 15 de julio en la Gobernación de Orihuela con más de cinco mil defunciones, dejando mermada a la población en la mitad. En Orihuela, al tener conocimiento de los estragos que esta peste de origen bubónico estaba dando lugar en Valencia, se empezó a tomar medidas de vigilancia en los accesos incluso disparando, con el control de personas y mercaderías procedentes de ella.

En los primeros meses de aquel año, el escenario sanitario era desalentador, debido a la aglomeración de infestados en los lazaretos. Debido al acaparamiento de alimentos, y su escasez. Algo que sucedió otras veces en estos casos, los más acomodados y gran parte de los eclesiásticos abandonaron la ciudad, hasta el punto que los permanecieron se negaban a salir de sus casas para administrar los últimos sacramentos a los moribundos. Sin embargo, desde el mes de junio comenzó a remitir la enfermedad, y se decidió celebrar como todos los años la Festividad del Corpus Christi, aunque intuimos que no fue muy alegre puesto que todavía el cuarto jinete apocalíptico continuaba cabalgando.

Y como el Guadiana, a lo largo de la historia volvería a surgir de nuevo la parca con su guadaña durante el siglo XIX. Pero, en una primera ocasión, gracias a los medios profilácticos que se adoptaron pasó de largo. Nos encontramos en el último cuatrimestre de 1804, en el que hizo su aparición brotes de fiebre amarilla en distintos puntos de España, debido en parte al comercio con las Indias, a través de ciudades con puerto de mar y tráfico portuario en desarrollo. Sin embargo su difusión, sería propiciada por las deficiencias en la organización sanitaria, cuyas medidas, eran más o menos estrictas según el régimen político gobernante. Tal como nos dice José Luis Peset, según que el momento político fuera absolutista o liberal, dichas medidas eran más o menos rígidas, llegándose a una total politización de las mismas sobre el contagio.

Sin embargo, en Orihuela aun a pesar de estar regida por un signo absoluto, con las medidas sanitarias adoptadas se logró aislar a la epidemia, sin producirse ningún fallecimiento. Por el contrario, en los primeros días del mes de septiembre en Alicante, al ocasionarse los primeros fallecidos, debido a la importación de la enfermedad motivada por el pequeño mosquito transmisor (Aedes aegypti) a través de un barco de guerra español que había atracado en el puerto procedente de Las Antillas; algunas familias huyeron y arribaron a Orihuela y sus cercanías. La epidemia en Alicante ocasionó entre 2.472 y 2.765 defunciones de septiembre a diciembre. Como decíamos, Orihuela no se vio afectada, gracias a que fueron tomadas toda clase de medidas, desde las puramente y nulas profilácticas de la época, a las de tipo religioso para implorar la protección divina, con rogativas con Nuestra Señora de Monserrate, junto con la imagen de San Roque, abogado contra la peste.

Por el contrario, años después, en 1811, el dichoso mosquito volvió a amenazar a Orihuela que, en esos momentos vivía en retaguardia la Guerra contra el francés, con acantonamiento de tropas y hospitalizando a soldados heridos y enfermos. Ante la amenaza de esta nueva epidemia, hacendados, algunos regidores y miembros del Cabildo Catedral, huyeron de la ciudad. Hasta mediados del mes de noviembre se contabilizaron más de 722 muertos, siendo necesario cavar zanjas en los aledaños del Cementerio General para inhumar colectivamente a los fallecidos.

En el citado siglo XIX, las epidemias y brotes de cólera morbo asiático fueron recurrentes. Así, desde el 13 de junio 1834, el número de enfermos se fue incrementando seis días después, por lo que se decidió organizar una rogativa en la tarde del día 20 portando a la imagen de Ntra. Señora de Monserrate, asistiendo el Ayuntamiento y los gremios. En la Catedral, por haberse ausentado muchos eclesiásticos sólo quedaron cinco canónigos, tres curas, un racionero, 2 medios racioneros y un salmista, celebrándose los oficios mínimos. Sin embargo, en las parroquias de las Santas Justa y Rufina y de Santiago, se suspendieron ante la ausencia de los religiosos. Desde aquella primera fecha, festividad del Santo portugués de Padua, hasta el día 24 de junio se incrementaron los contagios y los fallecimientos. Cuatro días después se colocó en lo alto de la torre de la Catedral el manto de la Virgen de Monserrate, observándose que al día siguiente la situación epidémica se suavizaba.

Orihuela y su huerta, aún no se había recuperado de una inundación, cuando en el verano de 1884, otra nueva epidemia de cólera acechaba a algunos pueblos de la Diócesis. Ante el agravamiento de la situación se suspendió la apertura del curso en el Seminario que estaba prevista para la festividad del arcángel San Miguel. Al año siguiente, otra vez el cólera arrastró a la tumba a 307 víctimas en Orihuela y su huerta.

Pero, no sólo era el cólera morbo el que diezmaba a la población, puesto que el último trimestre del año 1883, fue nefasto para la población oriolana, pues de los 282 fallecimientos registrados, 200 correspondieron a niños de los que 61 lo fueron a causa de la viruela y 66 por el crup o difteria, también conocido como garrotillo, a pesar de acogerse a la protección del trinitario Beato Miguel Argemir de los Santos como abogado contra los garrotillos. En este último caso, en nuestra zona el contagio se inició en las partidas de Beniel y Puerta de Murcia.

Llegando al siglo XX, arribaba a Orihuela en 1918 la mal llamada «grippe» española. A causa de la cual fallecieron 331 personas en ese año, de los cuales 79 eran niños de uno a quince años. Concretamente, la cifra más alta se produjo entre septiembre y diciembre, con 322 víctimas.

Luego llegará la covid. Pero, al estar tan cercana en el tiempo, tal vez prefiero no recordarla. Sin embargo, deseo que lo del crucero Hondius no vaya a mayores. Y, me planteo que con los actuales medios de comunicación aéreos, porqué desde el primer momento y hasta el final de la cuarentena no se haya mantenido dicho barco como lazareto.

FUENTE:https://www.informacion.es/opinion/2026/05/17/lazareto-130284082.html

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