MI PAPELERA. CUANDO VALENCIA FUE CAPITAL DE ESPAÑA
May 02 2015

POR ADELA TARIFA, CRONISTA OFICIAL DE CARBONEROS (JAÉN)

mercantil

Parece que va en mi naturaleza ponerme del lado de los perdedores. Acaso por eso siempre estoy en lo que llaman “la oposición”. No es que una sea masoquista, que a todos nos gusta que nos regalen cosas sin mucho esfuerzo. Es que cada cual vale para lo que vale. Y una servidora parece que no vale para hacer la pelota, ni para ser mujer-florero. Por eso no paro de currar. Qué le vamos a hacer.

Es posible que sea esta tendencia natural la que me inclina a leer libros que han escritos los perdedores de la historia. La película que cuentan los ganadores ya se sabe como empieza y acaba; es aburridísima. El pasado verano me tragué un libro que escribió un abogado valenciano durante los años de la guerra civil, un tal Pérez Verdú. Se titula “Cuando Valencia fue capital de España”. La obra lleva prólogo de J. Prat, republicano como el autor, y epilogo de R. Serrano Suñer, ministro y cuñadísimo de Franco. Me ha parecido un buen libro, aunque, lógicamente, cada cual arrima el ascua a su sardina. Como todos sabemos, los gobernantes de la república escaparon de Madrid hacia Valencia porque allí se sentían más seguros. Los hubo que resistieron con el pueblo madrileño el acoso de los nacionales. Pero fueron los menos. El caso es que el 6 de noviembre de 1936 Largo Caballero fija la capital en Valencia; allí estuvo cuando gobernó Negrín, desde mayo de 1937, pasando en octubre de ese año a Barcelona. Es éste periodo de tiempo el que describe el autor; cuya misión principal fue defender causas de personas que, por motivos diversos, se jugaban la vida y la libertad en un tribunal de guerra. Curiosamente la mayoría de los que pasaban por estos juicios no eran franquistas, porque en Valencia parece que no quedó nadie de derechas. Normal, solo por sospecha de ser “desafecto” a la república, católico o rico acababan en el trullo o el paredón. Lo grave del caso es que aquellos republicanos se mataban unos a otros con tanta o más saña que si estuvieran cazando fascistas, Y lo doloroso es ver que apenas quedaba nada entonces de lo que tantas personas de buena fe habían soñado cuando se proclamó la república. Porque España era una especie de patio de ensayo de Stalin, que soñaba con exportar el modelo soviético a Europa. Pero no gratis, que se quedó con las reservas de oro que había en el Banco de España a cambio de su ayuda, La crueldad de Stalin era tal, como cuenta el autor, que los jefes militares suyos que actuaron en España fueron fusilados al llegar a Rusia, por fracasar. Ése era el modelo que nos quería imponer. Por eso le estorbaban los demás republicanos, socialistas o anarquistas, a los que fue asesinando antes de que acabara la guerra. Por eso la república no podía ganar, porque tenía al enemigo dentro. Respecto al retrato que el autor hace de la mayoría de sus correligionarios, del modo en que se ejercía la justicia, controlada por los sindicatos, o de la vida de los jefazos, incluido Negrín, es demoledor. Mientras el pueblo se moría de hambre, o se alimentaba de cascaras de naranja, estos gerifaltes tenia la casa llena de manjares, coñac, y señoritas de alterne. Por eso una vez dijo Indalecio Prieto que durante esos años los ricos aprendieron a ser pobres, pero los pobres no aprendieron a ser ricos, Por eso los intelectuales republicanos decían “No. No era esto”. Por eso Azaña, desde su exilio francés, ante tanta barbarie, exclamó “Paz, piedad, perdón”. Por eso todavía la palabra República, tan limpia, tan sana en otros países, da miedo a muchos españoles. Sí, acaso sea éste el único país en el que no se concibe que haya republicanos de derecha. Pero haberlos, “haílos….como las meigas”. Dice mi papelera,

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