POR BARTOLOMÉ DÍAZ DIÁZ, CRONISTA OFICIAL DE CAMPANARIO (BADAJOZ).

Con el pasar de los años voy detectando más y más rasgos actitudinales de Rafael Pineda que, a pesar del breve contacto que tuvimos durante mi tempranísima infancia, se han enseñoreado de mis procederes y mis posiciones frente al hecho cultural. Llevo casi cuatro décadas estudiando su perfil intelectual a través de un proceso de cotejo entre sus obras y mi propia subjetividad, encontrando regularmente paralelismos que, a esta altura de mi vida, acepto como un valioso don genético que logra aflorar merced a la similitud de nuestros entornos de creación. Para usar un magnífico adjetivo castizo, Rafael Pineda fue el intelectual empecinado por excelencia. Ahora bien, he llegado a la conclusión de que Rafael encontraba verdadero placer y un fuerte compromiso vocacional en cada faro al que el empecinamiento de su curiosidad lo guió durante su vida profesional. En honor a la verdad debo reconocer que su hijo sufre del mismo síndrome, para bien o para mal.
Crecí en un entorno en el que la palabra, hablada o escrita en mis idiomas maternos, versificada, ubicada cual ladrillo estructural en un discurso o, simplemente, mensajera de la cotidianidad, tenía un valor casi místico, magnético: dicho por la persona adecuada, un término castellano, inglés, francés o italiano podía resultar, literalmente, omnipotente. Crecí creyendo que eso era una obsesión, inclusive una desviación profesional, de mi madre hasta el día que comencé a leer poesía y prosa de Rafael. Entonces me di cuenta que la familia, aunque irrevocablemente distanciada, reverenciaba un altar común.
Que este pequeño libro sirva para “recordar al autor”, con el cordial abrazo de Mariano Picón-Salas. Dedicatoria manuscrita en un ejemplar de la novela Pedro Claver, el Santo de los Esclavos Visión holística
A pesar de la contundencia y de lo vasto de su obra, La tierra doctorada se mantiene, hasta el día de hoy, como la gran visión panorámica de Rafael Pineda frente al corpus integral del arte venezolano que él conoció; un libro que se puede leer en secuencia, pulsar en detalle, “picotear” ingenuamente: ciertamente una de las grandes miradas holísticas al arte venezolano.
Mi nudo predilecto de este volumen surge de la colisión de actitudes que Pineda utiliza como impulso inicial del libro. Mucho más allá del conflicto conceptual entre Arístides Rojas y el General Ramón de la Plaza, mi lectura personal apunta a una identificación entrañable entre los conceptos de Pineda y los de Rojas, buscando siempre ampliar al máximo el rango de la noción de venezolanidad en el arte. Sin embargo, Pineda logra consolidar esta visión luego de un elaborado proceso de viajes y de estudios internacionales, situación que produjo el resultado prácticamente opuesto en el General de la Plaza.
En lo personal, recuerdo claramente el momento en que descubrí que a mayor visión de valores nacionalistas, mayor es nuestra capacidad de ser ponderados y genuinos frente al arte proveniente del extranjero. Claro, esa herencia particular no sólo vino de Rafael, también provino de Vicente Emilio Sojo, Antonio Lauro, Luis Felipe Ramón y Rivera y Aquiles Nazoa, entre un Dream Team de notables, quienes pensaban de manera casi idéntica y que fueron amigos entrañables de Rafael.
Creación holística
Hace hoy exactamente 52 años, el 20 de noviembre de 1973, el gran sueño de Rafael Pineda se convertía en realidad. Mucho más que un museo o una colección de arte y objetos de interés histórico, el Museo de Ciudad Bolívar en la Casa del Correo del Orinoco representaba la visión y la disposición de un hombre que, al igual que el soberbio Orinoco, pretendía conectar su Angostura originaria con el resto del planeta, tanto en tiempo como en espacio.
El museo, en su momento una de las visitas más emotivas y aleccionadoras que podía llevar a cabo cualquier venezolano genuinamente interesado en su identidad, en la actualidad dista mucho del concepto que Pineda instauró con titánico ahínco. En retrospectiva creo ver en ese recuerdo de aguas mansas y sol calcinante a un hombre particularmente agradecido de haber sido, en el momento más permeable e impresionable de su vida, un curioso, inteligente y extremadamente sensible niño guayanés.
FUENTE:https://www.elnacional.com/2026/02/rafael-pineda-poliglota-cultural/