POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
Contaba el maestro Baquero Almansa, en el ‘Semanario Murcia’ de 1881, que la guasa era ingénita del carácter murciano, porque «no hay en Murcia quien no sea alternativamente víctima y verdugo de los paisanos». La guasa está «en la atmósfera, como los miasmas palúdicos». Y me atrevo a añadir que a veces viene dada con nuestra luz. Es una especie de ironía «más o menos delicada, más o menos burda, más o menos racional, con que suelen tratarse todas las cosas». El buen murciano la huele instintivamente «y se siente arrastrado a seguirla».
Distinguía el autor la guasa de aquí de la broma más o menos pesada y graciosa de los andaluces. Aparte la gracia gaditana, que es donde reside el arte auténtico. Y apuntaba no pocos ejemplos de su época.
El primero, aquél parroquiano que le cortó el rabo a la burra de un basurero que se encontró atada en la puerta de un escribano. El pobre hombre, al salir, no paraba de exclamar: «¡Platera!; pero ¿eres tú Platera?». Para regocijo de los bromistas.
Por entonces también surgió otra broma antológica. El grupo sardinero, creo, conocido como los Taurinos repartió en la cabalgata preliminar al Entierro, cuando se regalaban flores y dulces al personal, unos boletos donde podía leerse: «Vale por cinco libras de dulces que harán efectivas en la confitería de…». Con nombres de varios comercios del ramo. Y en alguno, las dependientas llegaron a entregar gratis el regalo creyendo que luego lo pagaría el Ayuntamiento. Hasta que salió el jefe del obrador mentando todas las castas de los graciosos.
Esta broma aún se repite cada año por parte del grupo sardinero Diana Cazadora. Pepe Mora, miembro ilustre, ideó en el año 2000 repartir supuestas invitaciones de bares y confiterías de la capital. Empezó con Bonache, donde supuestamente regalaban pasteles previa presentación del tique.
En la tarjeta repartida en 2016 se leía: «Cristóbal Gil. En agradecimiento a la acogida de Murcia en estos 7 años de vida, os invita a degustar sus especialidades: rollitos de salmón con ensaladilla de marisco, alcachofas rebozadas de mini-cuit, y almendra, y manitas de cerdo. Mesón Guinea». Cualquiera se resistía.
Fue otra bromita extendida antaño enviar a algún incauto a la plaza de Camachos, al otro lado del río, a preguntar dónde vivía don José María Muñoz. Porque allí se alzaba la estatua en honor del personaje, en la actualidad ubicada al final del Malecón. Hoy lo mandaríamos a preguntar en el Almudí dónde vive la Matrona.
Poca gracia le haría al callista León, que mantenía consulta en la calle Trapería, que algún gamberro se llevara el cuadro que tenía expuesto como reclamo. Contaba ‘El Diario de Murcia’ en diciembre de 1889 que, «si realmente ha sido una broma, se devolviera a la zapatería del Granadino».
Al año siguiente, por una epidemia de cólera, hubo vecinos que huyeron al campo. Al retornar uno de ellos, vecino de San Juan, se encontró a otro a quien preguntó: «Chico, dime la verdad: en Murcia, ¿queda o no queda de eso?». Y el otro, que vio los cielos de la guasa abiertos, le espetó: «Quedar, queda poco, pero bueno». Un poco más adelante inquirió a otro, más guasón que el primero. Y le soltó otra píldora por el estilo. Y aún un tercero. Total. Según ‘El Diario’, al pobre «le sentó mal la cena».
En 1895, un 28 de julio y durante unan terrible ola de calor, «algunos mozuelos han salido estas noches por las calles embozados en capas y mantas».
En otra ocasión, le dijeron a un señor que le había tocado el Gordo de Navidad. Entonces, «dio un berrido formidable» y comenzó a correr por las calles gritando «¡el gordo, el gordo!», contó el diario ‘Las Provincias de Levante’ en 1896. Cuando le advirtieron de la broma, tal fue la impresión que murió «pegándose bocados en los nudillos». Por esos años quisieron gastarle una broma pesada a otro comunicándole que su esposa había muerto. Y él, más guasón que ellos, alzando sus ojos al cielo, respondió: «¡Gracias, Dios mío!».
Ya entrado el siglo XX, los vecinos de la pedanía de San Ginés, hartos de esperar que el Ayuntamiento construyera un local social, decidieron organizar la fingida inauguración del mismo en el solar pelado que esperaba en vano la infraestructura.
Aún más actual fue otra broma para la historia. La protagonizó el alcalde José Ballesta cuando lo nombraron Cabezudo de Honor. En el banquete que se celebró para agasajarlo, el primer edil llevo unas cajas con abrecartas para regalárselas a quienes lo habían elegido. Pero mientras comían, alguno de ellos cambió los abrecartas por humildes rosquillas. Paco, el del Alfonso, y Antonio, el del Alias, mucho tuvieron que ver en ello.
En los postres, Ballesta se levantó muy ceremonioso y comenzó a repartir sus obsequios. El cachondeo fue apoteósico y el alcalde, quien gastaba un fino humor inglés, solo respondió entre risas: «¡Pero qué cabrones!».
La anécdota la recordamos este mismo año en su despacho cuando recibió a los Cabezudos. Y exclamó, entre risas, lo mismo. Por cierto, todavía estoy esperando recuperar una pluma que nos regaló Miguel, de La Pequeña, cuando lo hicimos Cabezudo de Honor y que algún ‘perro’ me cambió por otra rosquilla.
