EL 127º ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE ENRIQUE DE LAS MORENAS
Nov 28 2025

POR JOSÉ LUIS ARAGÓN PANÉS, CRONISTA OFICIAL DE CHICLANA DE LA FRONTERA (CÁDIZ).

Una muerte siempre sobrecoge y conmociona, más aún cuando el fallecido es joven o las causas de su muerte han sido por accidente u otros motivos antinaturales. El fallecimiento de nuestro paisano Enrique de las Morenas y Fossi fue, indudablemente, emotiva por el momento o la situación que ocurrió: la epata final de la insurrección de las Islas Filipinas. Las Morenas pereció por falta de vitamina B1 en la dieta, de «Beriberi». Y murió en la irreductible defensa de la iglesia de la San Luis de Tolosa, en la isla de Baler, a pesar de que aquella tierra ya no era española.
Nuestro héroe había nacido, el 24 de mayo de 1855, en la casa número 6 de la actual calle de Hormaza. Era hijo del abogado Enrique de las Morenas Costadoat, abogado de los tribunales de la nación, de Osuna y de Cecilia Fossi y Miqueo, natural de Chiclana. A los dos años de edad su padre solicitó traslado –como juez– a Cabra y allí vivió su infancia y adolescencia. Recibió una buena y esmerada educación que le permitió ingresar en la Academia de Infantería de Madrid. El estallido de la tercera guerra carlista acortaría su estancia en ella.
De esta manera, Las Morenas fue a la guerra siendo promovido a alférez de infantería en el año de 1875. Su primera acción de guerra tuvo lugar en Molins del Rey el 22 de junio. Más tarde, en La Junquera. Pacificada la región catalana, se trasladó con su regimiento a Pamplona. Allí estaría hasta el 20 de marzo de 1876. Acabó la guerra con el grado de teniente. Tras las campañas de Cataluña y del Norte (1875) fue declarado benemérito de la Patria y le concedieron la Cruz de Primera Clase Militar con distintivo blanco.
Contrajo matrimonio en 1883 con Carmen Alcalá Buelga con quien perpetuaría su descendencia. Durante el periodo de paz siguiente llegó a ocupar puestos de reserva en diversas unidades. Estando en Jaén solicitó su incorporación al Batallón de Cazadores Expedicionario nº 9. Con dicho batallón embarcó en Barcelona el 18 de diciembre de 1896 en el vapor Magallanes, con el que desembarcó en Manila (Filipinas) el 25 de enero del año siguiente.
El 5 de febrero partió hacia la plaza militar de Cabanatuan, en la isla de Luzón donde permaneció hasta el 12 de junio en que fue trasladado a san Isidro, en la isla de Leyte. Regresó a la capital, Manila, el 11 de diciembre. A finales de febrero de 1898 causó baja en el referido batallón por haber sido nombrado comandante político-militar del distrito del Príncipe, isla de Luzón. Alcanzó Baler el 12 de febrero junto con su compañía.
El nuevo comandante pronto dio muestras de su talante conciliador, empático y abierto. Incluso amistoso con los naturales; una actitud que pedía a los componentes del destacamento con el fin de lograr mejorar las condiciones de la población. Los primeros rumores sobre un nuevo levantamiento llegaron a oídos de Las Morenas en abril. El exceso de buena fe y bondad le jugó una mala pasada a Las Morenas, pues Teodorico era el jefe de las fuerzas insurrectas del distrito de El Príncipe. No solo Teodorico le engañó, también lo hizo su asistente indígena, Alejo, al que había sacado de la presión al estar condenado por rebelión. Huyó llevándose la espada del teniente médico Rogelio Vigil de Quiñones.
Antes de finalizar junio, Las Morenas comprendió que se estaba preparando un nuevo ataque. Los habitantes del pueblo huyeron a la selva y comenzó las deserciones entre sus hombres. Primeramente, dos sanitarios indígenas y el asistente del médico, más tarde otras seis más. Decidió entonces refugiarse junto con los hombres del destacamento y el párroco en la iglesia del pueblo. La noche del 27 de junio todos estaban dentro de la iglesia y se produjo el primer ataque. El 1 de julio recibieron la primera de las cartas intimidatorias conminándoles a rendirse ante la superioridad de fuerzas por parte de los rebeldes. A ella siguieron otras.
Al mismo tiempo, los tagalos iban apretando el cerco haciendo trincheras cada vez más cercanas a la iglesia y aumentando su capacidad de ataque con la ayuda de un cañón. El fuego constante de fusilería y los obuses del cañón no amedrentaron la valentía y coraje de aquel grupo de españoles decididos a resistir. Si en el cómputo final solo dos soldados murieron por las heridas causadas por los tagalos, y dos fusilados, el resto de los dieciocho fallecidos lo fueron por algo más terrible que las balas enemigas: las enfermedades tropicales; la disentería y el beriberi. Nuestro héroe fallecía a media tarde del día 22 de noviembre de 1898. Habían pasado 145 días desde que comenzara el sitio. Aún faltaban 192 días para la honrosa capitulación.

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