BANDOLEROS EN LOS CAMPOS Y HUERTAS

POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)

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Aunque Andalucía era la cuna del bandolerismo en España, otras regiones, como Murcia, también sufrieron los efectos de sus estragos devastadores, en los campos huertas y caseríos. Entre los pueblos de la región murciana, Ulea, dada la gran extensión de sus campos, sufrió la terrible pesadilla del asalto a sus tierras y caseríos.

Al estar las fincas del campo, lejanas del núcleo poblacional, se veían más desprotegidos, por lo que los bandoleros campaban a sus anchas, ocasionando el saqueo y el pillaje de los esquilmos de sus tierras conseguidos con el sudor de su trabajo. También se vieron saqueados sus animales de corral e incluso abordaban a sus mujeres, generalmente doncellas, tras haber amordazado previamente, a los hombres de esos caseríos y ventas.

El bandolerismo en los campos tuvo su auge durante el reinado de Fernando VII, a raíz de la guerra contra los franceses. En un principio, los bandoleros eran considerados como verdaderos héroes. Sin embargo, como siempre estaban metidos en reyertas, intentando luchar contra los soldados de Bonaparte y, la mayoría de las veces escasos de comidas, se tiraron al campo con el fin de conseguir alimentos y estar a resguardo para salir indemnes de la refriega y conservar el pellejo.

Eran los primeros años del siglo XIX, cuando un grupo de bandidos al mando del temido Periago, llamaron a la puerta de la venta de los Miñano, pidiendo cobijo para evitar ser capturados por las huestes de Bonaparte. Allí se alojaban los arrieros que hacían trasiego de animales y productos agrícolas, tales como trigo, maíz, oliva, aceite, cebada, almendras, y algarrobas. Era de noche y, los dueños le negaron su alojamiento, originándose una tremenda trifulca, en la que se vieron involucrados los arrieros que allí, pernoctaban ya que veían peligrar los productos que portaban para vender y aquellos que habían adquirido; bien comprados o a trueque de otros productos. Se armó tal tremolina que unos y otros, sacaron sus armas (cuchillos y trabucos) con las que mataron a un arriero que se interpuso en la refriega.

El bandolero, llamado Periago y, por apodo el Vivillo, llenaron sus alforjas de todo cuanto tenían en sus despensas y corrales y, antes del amanecer, tomaron rumbo a los campos de Molina y La Garapacha.

La historia nos cuenta que no estaba en su ánimo matar a nadie; solamente querían pernoctar, alimentarse y apropiarse de víveres para saciar el hambre y dar de comer a sus secuaces que permanecían en pie de lucha. Otras veces, cuando las cosechas estaban en el campo, a punto de ser recolectadas, se proveían de ellas sin molestar a los caseros de la venta y a los arrieros que pernoctaban para efectuar sus compras y ventas.

Sin embargo, a alguien se les fue de las manos y ocurrió la muerte de un arriero que no quiso ceder ninguna de sus pertenencias y luchó en vano sin conseguir su propósito. Allí dejaron maniatados a los dueños de la venta y un par de arrieros que llevaban una reata de animales de carga, en compañía del asesinado que fue el que más encono puso para defenderse de los bandoleros quienes, antes del amanecer, iniciaron la huida.

A partir de aquellas fechas, los campos eran saqueados sistemáticamente por los bandoleros que habían entrado en guerra contra los franceses. Era el año 1808 y, este caserío de los Miñano, quedó bautizado con el nombre de Venta Puñales.

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