LA YEGUA «SALVADORA»
Ago 05 2015

POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)

salvadora

Estábamos a mediados de la década de 1960 y yo ejercía como médico titular en la comarca del Marquesado de la provincia de Granada. Era un verano caluroso y los médicos de los pueblos vecinos, tres en total, con el visto bueno de sanidad y mi conformidad decidieron ausentarse unos días de vacaciones, quedándome al cargo de su atención médica; ya que, entre los cuatro no llegaban a tener los 3.000 habitantes.

Fue un verano loco. Iba de un pueblo a otro como «los feriantes con los caballitos del tío vivo». Realmente llegaba cansado a casa, aunque aún no había cumplido los 26 años. A pesar de todo, dicho agotamiento no me impedía en absoluto dar abasto al trabajo que tenía encomendado y, además, disfrutar de los encantos que ofrecían aquellos parajes del Marquesado. La naturaleza dotó, a ese rincón de la geografía granadina, con largueza y, como consecuencia, daba gusto vivir en la ladera de Sierra Nevada. Al estar ubicado en esta zona tan privilegiada, te encontrabas a más altura que los demás pueblos, respirabas aire puro y te sentías más sublimado.

Los grupos de jóvenes con los que compartí actividades teatrales y aquellos que me ayudaron en las tareas organizativas, departían conmigo- y yo con ellos, de forma amena y distendida. Raro era el día que no pasábamos un rato charlando sobre los avatares cotidianos. A veces, cuando nos apetecía y era posible, nos dábamos nuestro paseo al que se unían, sistemáticamente, la mayoría del defenestrado elenco teatral. Paseaba dialogando en armonía, con una juventud sana y sin recovecos ¿quién dijo que los jóvenes eran indolentes y atolondrados? Para sí quisiéramos todos los que nos sentíamos «adultos y responsables», porque teníamos unos pocos años más que ellos o desempeñábamos algún cargo público de relevancia. ¡Qué maravilla de juventud!

Desgraciadamente, o quizá por suerte, ¿qué sé yo?, no disponían de lugares públicos de esparcimiento; bien de subvención privada o estatal. Por tal motivo, durante los veranos, era costumbre bañarse en los remansos que formaba el riachuelo, cuando el deshielo era abundante y el estiaje no había hecho estragos en el caudal del río; dejándole, prácticamente seco. Aún así, esas pozas de agua que, a veces, se formaban al colocar unas presas de madera, o de tierra y piedras, eran suficientes para darse un remojón, de vez en cuando, durante los días veraniegos. Otros, los más avezados, se bañaban en una balsa en donde acumulaban agua para el riego.

El agua, aunque era producto del deshielo de la nieve de Sierra Nevada, estaba un poco estancada y, en sus orillas flotaban gran cantidad de hojas y matojos; en una palabra: estaba bastante sucia. Ni que decir tiene que la palabra cloración no existía; de ahí que tragar agua de aquella, suponía quedar expuesto a padecer cualquier tipo de enfermedad gastrointestinal. Sin embargo, la naturaleza debía ser muy sabia y estar preparada para inmunizar a los bañistas contra tales peligros, porque allí, a nadie le ocurría nada en particular. Algunos días, pocos ciertamente, me iba con ellos, pero prefería bañarme en los remansos; por dos razones: la primera porque no era un gran nadador y, la segunda, porque el agua corriente estaba mucho más limpia que la de la balsa.

Decía que nunca ocurría nada anómalo hasta que un día que me estaba remojando en una poza adyacente a la balsa, me llaman con voces lastimeras, requiriendo mi presencia de inmediato en el bordillo de la balsa. D. Joaquín, ¡venga rápido que se ha ahogado…..!

Solamente nos separaban unos 20 metros y acudí con toda la rapidez que permitían mis piernas. Al llegar allí me encontré con un joven que habían rescatado del fondo de la balsa y que, permanecía inconsciente, discretamente amoratado y echando espuma por la boca. De inmediato, comencé a realizar las maniobras de resucitación apropiadas, alternando la respiración boca a boca con masajes cardiacos y presión diafragmática. Varios de los presentes, que habían hecho la mili y estaban instruidos en tales menesteres, actuaron como verdaderos socorristas y me ayudaron a realizar maniobras de resucitación combinadas, con el fin de potenciar su efectividad, en un intento postrero de rescatarle a la vida.

Los esfuerzos eran denodados y, el paciente, tendido inerme sobre el cemento de la balsa, no se recuperaba. Nos mirábamos sorprendidos, pero no nos decíamos nada. Las miradas escrutadoras eran fiel reflejo de la situación angustiada en que nos encontrábamos. A pesar de todo, seguíamos intentando- lo que cada vez veíamos más difícil: su resucitación. Conforme pasaban los minutos, nos encontrábamos más extenuados, ya que nos estábamos sometiendo a un esfuerzo continuado durante bastante tiempo- más de media hora- hasta que las fuerzas nos abandonaron y, las posibilidades de recuperación eran nulas o, como mucho, muy escasas.

Alrededor de la balsa merodeaban bastantes jóvenes. Unos lloraban, otros se daban coscorrones contra los troncos de los árboles, exteriorizando su rabia y consternación ante la consumación del fatal desenlace. Todos nos sentíamos como piltrafas: habíamos hecho lo humano y lo inhumano, sin conseguir los resultados deseados y, el cuerpo del desafortunado joven, yacía inerme en el quicio de la balsa. Uno de los jóvenes había ido a bañarse en una yegua- que tenía atada al tronco de un álamo- y le indiqué que la aproximara para montar al ahogado y evacuarlo a su domicilio antes de que se enterara el juez y no nos permitiera moverlo de allí. Yo, como médico titular y forense tenía atribuciones para hacerlo sin menoscabo de que tenía que informar al juez de lo acontecido. Mientras ellos traían la yegua, seguí realizando el boca a boca mientras un joven me ayudaba realizando masajes cardiacos; en un intento postrero de salvar lo que parecía totalmente descartado.

Sudorosos y con lágrimas que surcaban nuestras mejillas, cargamos al desafortunado bañista sobre los lomos de la caballería. El cuerpo, pesado e inerme, no se estremeció.

Lo colocamos sobre el aparejo de la yegua, totalmente atravesado y boca abajo. A continuación, le sujetamos los pies y las manos por debajo de la barriga de la yegua, con una gruesa soga, con el fin de evitar que se deslizara y cayera de cabeza al suelo. Rápidamente, arreamos a la bestia con la finalidad de llegar lo más pronto al pueblo, pero ésta, trazaba unos pasos largos y pausados, proporcionando grandes sacudidas sobre su improvisada carga.

Algunos niños salieron despavoridos al pueblo. Corrieron asustados y contaron lo sucedido. El trayecto, a nuestro regreso, estaba invadido de personas de todas las edades que al enterarse, dejaron sus quehaceres con la finalidad de comprobar si se trataba de una realidad o una broma y, sobre todo, confirmar si se trataba de un familiar suyo o no.

No habíamos andado más de 30 metros cuando al cruzar un brazal, la yegua se asustó y cambió sus zancadas largas y cadenciosas; dando un gran salto para alcanzar la otra orilla del brazal.
A pesar de que al «ahogado» le habíamos atado los pies y las manos para que no se cayera, lo íbamos sujetando con el fin de que no se balanceara más de lo debido y su cuerpo, quedara bajo la panza de la caballería y sus extremidades sobre los lomos. Yo llevaba asida la cabeza del joven y, al dar el salto la yegua, di un traspié y se me escapó mi pieza. Al intentar cogerla de nuevo, observé como el infortunado joven, expulsaba abundante espuma y agua ensangrentada por la boca. De inmediato hice parar a toda la comitiva, descabalgamos al presunto ahogado y comprobé que seguía tirando agua, espuma y líquido sanguinolento, por la boca.

De inmediato, ordené que se acostaran dos compañeros sobre el suelo y coloqué al moribundo sobre ellos, en decúbito prono, con la finalidad de que estuviera colocado en la misma posición que cuando iba sobre la yegua. De esa forma, oprimiría con fuerza sobre el diafragma y, al tener la cabeza más baja, facilitaríamos la expulsión de líquido y, de ese modo evitaríamos que tragara su propio vómito y el consiguiente encharcamiento pleuro-pulmonar.

Periódicamente, de forma rítmica, levantábamos el cuerpo por el tórax y abdomen, dándole más arco y oprimiendo el diafragma contra el tórax; como si fuera un acordeón. Espatarrados sobre los dos jóvenes que hacían de cama improvisada, nos encontrábamos otros tres que alternábamos levantando el cuerpo encorvado de nuestro «ahogado». Tal fue la labor que realizamos, sin un momento de descanso, que acabamos extenuados: no sé de donde sacamos las fuerzas.

Un muchacho separó la caballería de los aledaños y, otros prohibieron que se acercara la muchedumbre que poco a poco era más numerosa, al enterarse del suceso y darse cita en el lugar de los hechos. Allí, en aquél soto boscoso, se formó un amplio ruedo- campo de operaciones- en donde actuábamos sin descanso, seis actores. Cada uno interpretábamos nuestro papel al límite de nuestras fuerzas y nuestros conocimientos: «estábamos interpretando una excepcional obra teatral».

Poco a poco, a la vez que nuestras fuerzas comenzaban a estar en la reserva, nuestro joven accidentado comenzó a quejarse, a la vez que iba cambiando la coloración de sus tegumentos. En esos momentos ordené que deshicieran la cama improvisada que habían compuesto los dos jóvenes que aún, permanecían boca abajo y, con sumo cuidado, colocamos al paciente recostado sobre la hierba boca arriba, pero con la cabeza ladeada para que siguiera expulsando todo el líquido que había tragado y aún le quedaba en su cuerpo, tras su inmersión y ahogamiento.

Procedí a limpiarle las fauces, de espuma y mucosidad, a la vez que ordené que confeccionaran una camilla de emergencia, con dos palos largos y dos chaquetas (una chaqueta y una camisa, ya que era verano y todos, menos uno, llevábamos camisa). Metimos las mangas por los extremos de las varas, quedando una amplia superficie, suficiente para que el enfermo reposara cómodamente y, de esa forma, proceder a evacuarle por aquellos atajos y vericuetos, casi inaccesibles.

Previo aviso, en la plaza del pueblo estaba preparada una furgoneta en la que instalamos al paciente con el fin de evacuarlo a un centro hospitalario de Granada, en donde le efectuarían un reconocimiento exhaustivo y el procedente seguimiento, con el fin de evitar probables complicaciones y conseguir un total restablecimiento.

Le acompañé en la furgoneta junto a un familiar y un amigo y, una vez internado y estudiado regresé al pueblo para seguir atendiendo a mis pacientes. Durante la ida temí que se presentara alguna complicación; con imprevisible desenlace. Yo había estudiado muchos libros durante mi carrera y mis pocos años de ejercicio profesional, pero lo ocurrido no lo había estudiado en ningún texto. Afortunadamente llegamos al centro hospitalario y, cuado les narré cuanto había sucedido, se echaron las manos a la cabeza como signo de incredulidad.

En el hospital quedó acompañado por su madre y, nosotros- como he narrado anteriormente-, regresamos al pueblo. Me recosté en el asiento, sin decir palabra alguna; seguro de que no me quedaban alientos para ello. Poco a poco asumíamos la realidad de lo acontecido y, entonces, las sienes me latían con fuerza, como si me dieran martillazos y, todo el cuerpo se me desencajaba condolido. No podía tocarme por ningún lado; todo era una pura agujeta. A mi acompañante, le ocurría lo mismo. Ciertamente habíamos bregado hasta la extenuación: «mereció la pena».

A mitad de camino, durante el regreso, a mi acompañante le dio un pequeño mareo y empezó a palidecer. Se apeó y le acompañé- yo me sentía igual que él, perdí la vista de forma momentánea, y estuve a punto de perder el equilibrio y caer al suelo- y, los dos, comenzamos a vomitar.

Apoyados sobre un muro adyacente a la carretera, fijamos la vista en el suelo y permanecimos en silencio largo rato. Al poco, como un resorte y sin decirnos nada, alzamos la vista y nos fundimos en un fuerte abrazo; permaneciendo estrechados durante unos momentos, en los que afloraron abundantes lágrimas que inundaron nuestros rostros. De esta escena fue testigo el chofer de la furgoneta que, sentado en una piedra contempló la escena como un espectador privilegiado. Al desahogarnos y percibir la ligera brisa reinante, nos quedamos nuevos y reanudamos el viaje.

Cuando regresamos al pueblo, todos sus habitantes estaban comentando el suceso ya que los actores que quedaron les habían pormenorizado de cuanto había ocurrido. En la plaza se formaron multitud de corrillos, haciendo cada cual su comentario particular; eso sí, deseando que el enfermo se curara sin contratiempos desagradables.

Necesitaba descansar un rato, si podía, con el fin de recuperar energías y seguir con mi trabajo diario; pero fue imposible. A la puerta de la pensión en donde me hospedaba, esperaba una muchedumbre deseosa de que les informara sobre la evolución del enfermo. Suspiros, lágrimas y, algún que otro grito se sucedieron a lo largo del tiempo que les estuve informando.

Tan pronto como les relaté todos los pormenores del suceso y su evolución, les pedí por favor, que me dejaran pasar, con el fin de descansar un rato ya que era preciso destensar mi cuerpo y mi mente de los efectos de tan terrible odisea.

Las informaciones de prensa y radio eran prolijas y, hasta el pueblo se acercaron periodistas para recabar información de primera mano sobre todo lo ocurrido. Todos en el pueblo seguimos con impaciencia la evolución del paciente y, diariamente se acercaban al hospital de Granada familiares y amigos, en el coche de línea (la Autedia), para interesarse por la evolución del enfermo. Sí, estábamos al corriente de todo su proceso y, afortunadamente, los presagios eran inmejorables. Tan es así que, en unos días, fue dado de alta, tras superar la complicación de una neumonía por aspiración y la fisura de dos costillas que le provocamos los reanimadores o la yegua. Todo tuvo el final deseado y quedó para la historia del pueblo, de la medicina y, para mí, en particular. Sí, una enseñanza de incalculable magnitud; muy difícil de describir.

Durante bastante tiempo, serenamente analicé cuanto había acontecido y se me agolpaban en la mente los gestos de rabia ocasionados por la frustración, al no obtener resultados positivos el denodado esfuerzo realizado por todo «el equipo improvisado de resucitadores».

Con posterioridad me acordaba de aquellas películas del oeste en que caía en la refriega algún partidario, bien, herido o muerto, le ataban con un lazo las manos y las piernas y, tras ser izado sobre la montura de la caballería, era trasladado al poblado con el fin de curarlo o darle sepultura, ante los suyos.

Más adelante, proyectaba el celuloide que tenía grabado en mi mente y seguía paso a paso, los andares basculantes y pausados de la larga y enérgica zancada de la caballería, cuando portaba sobre sus lomos el cuerpo de nuestro desafortunado bañista. Mención especial fue la rememoración del salto improvisado de la yegua al cruzar el brazal, causando un movimiento brusco del cuerpo inerme que portaba sobre su aparejo. Este, no cabe la menor duda, fue el detonante de un cambio radical, en el pronóstico de nuestro joven bañista.

El salto imprevisto de la yegua, al cruzar el brazal, me hizo dar un traspié, provocando que se me escapara la cabeza que llevaba asida con mis dos manos. La rapidez con la que recuperé mi verticalidad y, por consiguiente, mi presa y la comprobación de un signo importante: el comienzo de la expulsión de agua y espuma ensangrentada y la toma de decisión de descabalgar inmediatamente a nuestro «ahogado».

Sí, se imponía un nuevo reto: conseguir que expulsara toda el agua y espuma ensangrentada y continuar con ejercicios suaves de resucitación para conseguir nuestra ansiada meta: trasladarlo en óptimas condiciones a un centro hospitalario. Por mi mente pasaban, de forma vertiginosa, secuencias de la técnica de resucitación que habíamos realizado junto a la balsa, la que hizo la yegua con sus andares majestuosos y, sobre todo, el prodigioso e imprevisto salto para cruzar el brazal y, la que reanudamos cuando comprobamos los nuevos signos re recuperación.

En mi mente quedaron grabados los esfuerzos de aquellos jóvenes qué, sin tener grandes conocimientos sobre el particular, obedecieron cuantos consejos les di y colaboraron hasta extenuación Sí, aquellos compañeros que permanecieron acostados sobre la hierba, soportando- como si fuera una camilla hospitalaria- el peso del cuerpo desplomado y los empellones que seguíamos propinándole.

Quiero evocar la rapidez con que confeccionaron una camilla manual, con dos palos y dos chaquetas- bueno, una camisa y una chaqueta, ya que era verano- embutidas por sus mangas. También, siguiendo cronológicamente el proceso, el traslado al pueblo por aquellos caminos y la posterior evacuación al hospital granadino. Sí, todo ese episodio de mi vida profesional, quedó impregnado en mi mente, de forma indeleble y, hoy, cuando escribo esta secuencia, unos 50 años después de haber ocurrido, lo rememoro como si lo estuviera viviendo.

¡Ah! A la yegua le hicieron todo tipo de agasajos; se hizo célebre en la comarca del Marquesado.

Ella fue capaz de conseguir lo que nosotros deseábamos con ahínco sin obtener el resultado apetecido. Tanto la yegua como su dueño corrieron de boca en boca, hasta el punto de que los marchantes, merodeaban por el pueblo y por las ferias de ganado caballar, poniendo un precio especial por la adquisición de dicha joya. Su dueño desestimó todo tipo de ofertas, con el consiguiente regocijo del vecindario. La yegua, que yo no sé si tenía nombre, fue rebautizada con el apodo de «Salvadora».

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