POR JOSÉ LUIS ARAGÓN PANÉS, CRONISTA OFICIAL DE CHICLANA DE LA FRONTERA (CÁDIZ)
Así catalogó a la ciudad, en 1914, el Aero-Club de España al comienzo de la era de la aviación en nuestro país. En los siguientes años y conforme se iba desarrollando la aviación, sobre todo la militar, Chiclana sería protagonista en los años veinte de diversos aterrizajes forzosos de aviones con destino a la guerra de Marruecos. Mucho había evolucionado el deseo, la perseverante idea del ser humano de volar, de elevarse al cielo.
Muy lejos había quedado la fecha, 1783, de la ascensión del primer globo aerostático en España. Lo hizo desde los jardines de la casa del marqués de Santa Cruz de Mudela en Madrid, de la mano del tinerfeño José de Viera Clavijo. Después vendrían otros, como el italiano Vicenzo Lunardi que, en el Real Sitio del Buen Retiro, 1792, elevó un globo ante una gran multitud de madrileños estando presente el Príncipe de la Paz, Manuel Godoy. También ese mismo año comenzaron a utilizarse en el Ejército. Los primeros fueron los oficiales de artillería de Segovia. Eran los primeros balbuceos de la historia de la aeronáutica en nuestro país, pero hasta el 11 de diciembre de 1901, el Ejército no realizó su primera elevación tripulada, al mismo tiempo que creaba el Servicio de Aerostación Militar.
Tendrían que transcurrir décadas para que el desarrollo de la aeronáutica alcanzase nuevos hitos. Los globos –de seda de gutapercha– durante todo el siglo XIX perfeccionaron sus medidas de seguridad, pero insuficientes: una caída era mortal. No obstante, a mediados de siglo surgieron numerosos aventureros-científicos que montaron espectáculos de globos por toda Europa. No faltaron en nuestras plazas de toros. En Francia, incluso Julio Verne, sin haberse subido entonces a un globo, escribió en 1851 uno de sus primeros relatos sobre ellos: «Un viaje en el aire», y posteriormente volvió sobre el mismo tema en su primera novela de éxito, «Cinco semanas en globo» (1863) y en la «Isla misteriosa» (1874).
Antes, en 1848, François Arban había descendido de su lobo aerostático en Chiclana –cayó en la zona de Las Menuditas– y, sin bajarse de la barquilla, fue llevado en volandas hasta la Alameda del río. La proeza se convirtió en un día de fiesta para los vecinos. El alcalde, Julián Juderías, en su primer acto público como primer regidor de la villa, lo recibió como huésped, además de compartir con él su mesa.
Algo más de cincuenta años después acaeció en nuestro término municipal, el desgraciado accidente de otro globo entre La Barrosa y la zona de Los Castillejos, donde un aeronauta –el capitán Petter– se había estrellado unos días después de elevarse, en diciembre de 1901. No fue encontrado en aquel lugar, hasta enero. Ese era el fin muchos de aquellos «exploradores de las rutas del aire» como les llamó Verne.
Más de un siglo pasó de estos primeros episodios aeronáuticos, José Fernández Duro, uno de los españoles pioneros de la aeroascensión, fundó el primer aero-club a principios del siglo XX. La inauguración estuvo presidida por el rey Alfonso XIII, el 18 de mayo de 1905, en el llamado «Campo de vuelo del Gasómetro» en Madrid. Nacía así, el Real Aero-Club de España. Nueve años después –marzo de 1914– el Real Aero-Club incluía a Chiclana entre los campos eventuales de aterrizaje del país. Era el único en la provincia que cumplía con los requisitos exigidos, según la encuesta enviada por el chiclanero Pedro Cammás, una de las personas «cultas que se han percatado del interés de este proyecto de mapa aéreo de España».
En la encuesta se valoraban, principalmente, los datos relativos a la seguridad del campo del futuro aeródromo. Debía de tener unas dimensiones mínimas de doscientos metros de largo por ochenta de ancho; que fuese un terreno «sensiblemente horizontal», bien un prado, barbecho o terreno poco arenoso, y que estuviese limpio de piedras, sin zanjas, vallas cercanas o cualquier otro obstáculo en los alrededores como cables eléctricos de alta tensión.
Otros datos de importancia eran: la orientación del campo y el viento dominante en la zona –en Chiclana, viento de poniente, con días de levante–; la proximidad del campo de una carretera principal o camino importante, así como las distancias del aeródromo a la población, a la estación de ferrocarril más próxima y la de la estación telegráfica del lugar de aterrizaje. En otro orden de cosas, y referido más en concreto a cuestiones técnicas sobre el aeroplano, como se les llama entonces a los aviones, la posibilidad de poder contar con un cobertizo donde resguardarlo, la viabilidad de abastecerse de gasolina y grasa, y los medios para poder reparar averías. El cuestionario fue publicado por el periódico quincenal, el «Heraldo deportivo», para que se enviasen las respuestas al Real Aero-Club. Con todas escrutadas, se publicaron los «Campos de aterrizaje» en España, entre ellos, el de Chiclana.
Bibliografía:-ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE CHICLANA: Legajo nº 42. AA. CC. Sesión ordinaria cabildo del 6 de enero de 1848-BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA. Hemeroteca Digital. «España Automóvil y Aeronáutica. Revista quincenal ilustrada de locomoción. Madrid, 15 de marzo de 1914. -Heraldo Deportivo, Madrid, 15 de septiembre de 1919. «La Libertad». Año IV, nº 904. Madrid, miércoles 25 de octubre de 1922. «La Dinastía». Año XIX, nº 6.579. Barcelona, viernes 18 de enero de 1901.
-GOMÁ ORDULA, J. (1946): «Historia de la aeronáutica española». Imprenta, «Prensa Española», S. A. Madrid.
-GÓMEZ MENDOZA, A. y LÓPEZ GARCÍA, S. (1992): «Los comienzos de la Industria Aeronáutica en España y la Ley Wolff (1916-1929)». Revista de Historia Industrial. nº 1.
