LA MONTAÑA DEL MAESTRO HERRERÍN

POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA).

Mirador del Cancho

Es esta vida un peregrinar afortunado para el que suscribe, que transita de la felicidad del descubrimiento al deleite de lo inesperado y escondido en el más recóndito lugar que uno pudiera imaginar. Caminando entre pinos y serbales, chopos lombardos y saucos arcanos, me he visto asombrado de todo cuanto me rodea; de la absoluta perfección que multiplica mi entorno allá por donde vaya. Y en ese caminar absorto en toda sensación que pueda enriquecer mi acervo, he caído en la cuenta de que el más preciado tesoro se halla en la enseñanza de la compañía que me empuja a vagar en un retorno eterno. Ya sea en el Boquete de Majalgrillo bajo el mirador del Cancho que observa impertérrito el perfecto valle de Valsaín; entre los legajos impolutos del Archivo General de Palacio, de la cuellarana torre de Don Álvaro de Luna y sus vitelas sedosas, de los anaqueles duplicados de la Biblioteca de Ciencia y Artillería o de una plétora de tesoros encerrados en los depósitos atávicos del Archivo Histórico Nacional; a través de los bancos de las aulas de cuantas universidades huella mi deambular docente o apoyado en la barra de tantos bares, templos de la sociabilización incomprendida; sentado en un poyete frente a la plaza del mercado de la fruta o enfrascado en la diatriba que corresponda junto al espolón del Alcázar de Segovia, del Monasterio del Escorial, en la toledana calle del Hombre de Palo o en la tácita quietud de un atardecer invernizo frente a la plazuela del convento de la Encarnación: allá donde me halle, estaré siempre acompañado de alguien de quien aprender, de alguien a quien enseñar.

Que esta vida no es otra cosa que un viaje entre la enseñanza y el aprendizaje y nuestra felicidad depende de comprenderlo lo antes posible. Asumir que uno ha de permanecer en constante estado de formación debe ser lo primero que aquellos a quienes entendemos como Maestros nos han enseñado. Un servidor, que de aprender sabe mucho, ha tenido el tino de percibirlo a bien temprana edad. Desde los paseos interminables con Pierre Rapp a las charlas con mi Compadre, el Sr. Bellette, he consumido la mitad de mi vida aprendiendo sin descanso cuánto estos monumentos humanos han querido compartir con mi ignorancia. Desde la sonrisa taimada y agridulce como un poema de Rimbaud que ilustra el rostro de Francisco Otero a la sensatez práctica de José María Marín Arce, la melancólica sabiduría de Hipólito de la torre, el optimismo deprimido de Manuel Ladero Quesada o la clarividencia ligada entre nexos y abreviaturas de José Miguel López Villalba, he ido rebotando por las mentes preclaras de un vivir irrepetible. Que éste mi declamar se construye entre la aguda certeza de Nieves Concostrina y la sinceridad palmaria de Josefina Martínez, Florentina Vidal o Mariángeles García Echevarría; el amar la vida según llegue de Julia Montalvillo, la sabia alegría de Mercedes Caridad y la sabiduría paciente de María Pérex, Luz Neira o Ana Reyes Pacios, quienes, como Yukiko Okazaki, Araceli Fernández o Pilar Escudero, saben que en esta sociedad todo es más bello cuanto más esfuerzo se usa en el camino hacia ese Shangri-La imaginario donde las mujeres, sabias e imprescindibles, son tan solo personas; en el amor por el detalle ignoto del sapientísimo Juan Pereira, el olfato veraz de la mirada aclarada por el salitre almeriense de Jesús Pozo o la veneración por lo impreso y caligrafiado para Fermín de los Reyes, Enrique Villalba o Diego Navarro Bonilla, enamorados de la cultura escrita que aún protege el postrer hálito de Antonio Rodríguez de las Heras y su retina digital tan bien custodiada en el anhelo de un ejército de estudiantes en la Universidad Carlos III de Madrid.

Todo ello, queridos lectores, lo sabe muy bien el profesor Ángel Herrerín López, recién imbuido de la toga catedrática que ha de acomodar en ese vetusto asiento donde sentará su experiencia al servicio de cuántos aprendices decidamos seguir disfrutando de su bien merecido éxito. Sentado sobre la cátedra ancestral del conocimiento profundo, en lo más alto de la montaña académica, este Maestro del que disfruto siempre que tengo ocasión y ésta se presenta casi a diario, nos lega una enseñanza impagable para los que entendemos este vivir agraciado semejante al dichoso caminar hacia la luz del conocimiento aristotélico, que diría Antonio Fornés: el aprender no merece descanso sino pasión y la pasión nos empujará hasta la cima para descubrir que no hay una montaña, sino ciento.

Así, entendiendo la vida como un continuo caminar, un interminable ascender, este humilde Cronista asume la imposibilidad de alcanzar meta alguna si no es de la mano de los Maestros que, como Ángel Herrerín, nunca desisten en enseñar, puesto que nunca han dejado de aprender. En estos tiempos de juventud sabia, donde el oxímoron más absurdo de nuestro presente nos condena a un futuro de ignorancia supina alejados de los Maestros, es momento de mirar hacia las montañas, hacia la luz de la experiencia y el tesoro que encierra el saber, para que el camino siga iluminado hacia donde quiera que vaya.

FUENTE: https://www.eladelantado.com/opinion/tribuna/la-montana-del-maestro-herrerin/?fbclid=IwAR3IBXtDzSOP_afTcqg91EnThRobosmX5ISi1Bm-V_KAHTD4Y-z2V8eqKn8

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