A LA SOMBRA DE UN TEATRO DE LA GRANJA (SEGOVIA)

POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONITA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO DE LA GRANJA (SEGOVIA)

Real Coliseo de Carlos III

Hace unos días tuve la fortuna de pasear en compañía de Félix Montes el Coliseo de Carlos III que habita el Real Sitio hermano de San Lorenzo del Escorial. Invitados por Xavier Kintana, a quién habré de dedicar alguna que otra página en este centenario diario, caminamos todo lo posible a través de aquella perla del siglo XVIII más aristocrático.

Iniciada su construcción hacia 1770 según la traza del arquitecto francés Jaime Marquet, en apenas un año ya ocupaba el espacio lúdico que desde 1738 empleaba el teatro levantado en este Paraíso por Garrofoni, secretario de Aníbal Scotti, para aquella olvidada compañía de cómicos italianos y que, más tarde, acabó por comprar Carlos III, convirtiéndolo en uno de los cuatro teatros de corte españoles de aquella centuria. Superviviente de una época olvidada donde la administración gustaba de promocionar la música, cuando maestros irrepetibles como el Padre Antonio Soler, Luigi Boccherini o Domenico Scarlatti recorrían palcos, patios y plateas de un entorno sonoro de difícil comprensión, el viejo teatro real de San Ildefonso acabó por sucumbir a la ignorancia más destructiva y al ansia por acumular dinero que no podrá pagar ni un solo gramo de la sensibilidad que encierra el más sencillo acorde de los imaginados por aquellos genios irrepetibles.

Derribado en 1969 para levantar un horrendo bloque de viviendas que mancillara la memoria de los habitantes del Real Sitio, que rompiera los recuerdos de una infancia perdida entre películas y musicales constreñidos entre las columnas del gallinero, su sombra irredenta me persigue cada vez que pongo un pie en el teatro que sea.

Allí, caminando con Félix y Pedro Martín, salvador del reflejo escurialense de nuestro fantasma sonoro, subiendo desde los palcos hasta la crujía tórrida donde cuelga una bellísima lámpara y bajando hacia el escenario y al singular ambigú de quieta hermosura, fueron asomando a mi mente una plétora interminable de espacios para la historia perdidos en este Paraíso sin que los paisanos hayamos levantado ni una sola palabra en su obligatoria defensa.

Entrando en las abigarradas plateas al calor de los focos del escenario, se asomaron a mi mente las ruinas miserables del Palacio de Valsaín y sus cuatro emblemáticas torres más la promesa de aquella quinta atalaya que, según Ricardo Tapias, nunca llegó a levantarse por mucho que presuma de ello la maqueta custodiada en el Centro Nacional de Educación Medioambiental. Mientras Pedro iba relatando la pasión sufrida por aquel recóndito teatro, viendo las fotografías de su desolado presente allá por los años setenta, me cegó un reflejo del paredón deshuesado del Albergue Real de Felipe II, de las paredes mudas del resto lacerante de la Venta de los Mosquitos, de los cimientos ancestrales de la venta vieja de la Fuenfría, donde quiso doña Anderaço alojar los remordimientos de la fortuna adquirida a costa del común segoviano hace más de ochocientos años. Saliendo al patio de butacas dando la espalda a un busto del rey fundador, me imaginé la gloria del teatro del Real Sitio con su palco real a la diestra del escenario y Luigi Boccherini dirigiendo una orquesta diminuta para deleite de cortesanos solazados y paisanos apretados en filas imposibles de escaños insufribles. Si queremos vivir un futuro de concordia, habitar un lugar donde haya espacio para todos, para todas, para quien quiera, el pasado debe educarnos en todo ello

Disfrutando del relato de mi amigo y sus recuerdos, de la congoja inherente al esfuerzo no reconocido visible en sus tristes ojos, colmaron mi imaginación un millar de revocos ya perdidos en fachadas imposibles de un colorido abrumador, picadas con saña por una reala irredenta de constructores desalmados y albañiles desmemoriados, más preocupados por la estrechez de los costes que por preservar la belleza contenida en la tenue memoria de la pulcritud más sutil imaginable.

Que la defensa del pasado es la baza más importante para comprender el presente y éste, queridos lectores, penetra en las raíces del patrimonio histórico hasta convertirlo en testigo no ya de lo que fuimos, sino del respeto que nos tenemos a nosotros mismos. Masacrando el pasado, destruyendo el patrimonio en aras de un futuro sin ambages, sin maletas que arrostren nuestra conexión con aquellos que nos precedieron, borramos nuestra identidad y quedamos indefensos ante aquellos que, carentes de escrúpulos, se atreven a inventar una irrealidad que responda a lo que supuestamente queremos ser.

Destruidos los revocos, perdidos los albergues, palacios, ermitas, majadas, ingenios del vidrio, fábricas de madera, de lienzos, de harinas; olvidadas las fraguas, los casetones de los carreteros, los cuarteles, la academia de dibujo, la alhóndiga, el taller de camafeos, las casas de embajadores, de presidentes del consejo de ministros y hasta la residencia de Augusto Arcimís, donde veranearon dos generaciones literarias que afrontaron el fracaso de aquella sociedad en un millar de poemas incomprendidos; perdido todo ese patrimonio, digo, apenas nos quedará espacio para alimentar una memoria que, de perdida y obsoleta, se abrirá a la aceptación de cuantas patrañas invente la generación de la falsedad y el despropósito; esa misma que fantasea con ideas imposibles de democracia, desconoce el concepto de ley y se niega a aceptar que todo pasado convertido en historia se ha de convertir en la enseñanza aleccionadora de lo que fue, lo que no debió ser y lo que habremos de evitar.

Si queremos vivir un futuro de concordia, habitar un lugar donde haya espacio para todos, para todas, para quien quiera, el pasado debe educarnos en todo ello. Empecemos por respetar y preservar el patrimonio, pues, como bien sabía mi querido Pompeyo Martín, en su conservación está la semilla de un mañana esperanzador. E-J-Valero

 

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