POR OSCAR GONZÁLEZ AZUELA, CRONISTA OFICIAL DE LAGOS DE MORENO (MÉXICO).

De mi participación en el Congreso con motivo del Bicentenario de la Consumación de la Independencia celebrado en Texcoco rescato partes del mismo:
«En los Tratados de Córdoba se empieza a hablar de Soberanía Nacional -designada desde las altas esferas-; queda olvidada ya la incómoda Soberanía Popular que será uno más de los arcos del triunfo que se pasarán, al hacer su entrada a la capital.
…la estatua ecuestre de Carlos IV fue pudorosamente cubierta, como lo haría cualquier viuda prudente, con su antiguo retrato de bodas para algún sucesivo enlace.
A la vanguardia del desfile, partía plaza Iturbide, acusando rudeza innecesaria, al dejar a don Vicente Guerrero en la retaguardia del mismo, gesto excesivo, aunque como para hacer notar su autoría y mando.
El Acta de Independencia cerraba así:
…el Primer Jefe del Ejercito Imperial de las Tres Garantías; sostendrá, a todo trance, y con sacrificio de los haberes y vidas de sus individuos, (si fuere necesario)…
Y sí, fue necesario el postrer sacrificio de sus individuos: el de Iturbide en Padilla, cerca del Golfo y el de Guerrero en Cuilapa del Pacífico, los que algún día se fundieron abrazados, según la leyenda oficial, luego ya francamente enemistados y a su vez respectivamente capturados a traición y fusilados, tal como pasó con Hidalgo en Chihuahua y con Morelos en Ecatepec, como para trazar con sangre cuatro puntos cardinales dentro de un territorio que nos sigue perteneciendo.
Los cuatro, por medio de sus ideas hechas postrera escritura de la que hemos rescatado girones, formaron parte del entramado bajo el cual México celebra hoy, a pesar de todo, el Bicentenario de una Independencia que se verá consolidada medio siglo después, al ser convenientemente retomadas por cierto, las propuestas de Miguel Hidalgo y de José María Morelos; consolidación que se da ante un mundo primero despectivo, burlón, luego impactado e implorante que contempla con azoro cómo, a través de otro fusilamiento, México, tradicionalmente invadido y amputado, consigue finalmente imponer respeto y presencia ante el concierto de las naciones.
Extraño mundo, dispuesto a hacer historia, con la violencia de Marte en primera instancia, luego con el fuelle de Vulcano; hombres ajusticiados frente a un pelotón cuyas balas de bronce de pronto se multiplican y funden convertidas a veces en letra, placa, busto o estatua, a expensas de ser removidas, sin importar el momento que se conmemora, todo al gusto de quien detente el mando, con las limitaciones de sus carencias, filias o fobias; bajo las cuales, su propio subconsciente probablemente esté gritando un clamoroso: ¡Viva yo! No hay nada nuevo bajo el sol, siempre ha sido así».