LITURGIA Y FERVOR EN LOS SERVITAS MURCIANOS.

POR FULGENCIO SAURA MIRA, CRONISTA OFICIAL DE ALCANTARILLA Y FORTUNA (MURCIA)

Me consta el interés del presidente de la Muy Ilustre y Muy Real  Cofradía de los Servitas de Murcia  por todo lo que afecta al origen y desenvolvimiento de aquella, como   por la recuperación de  todo cuanto afecte a su  contenido. Pues que en este sentido estamos involucrados, además de mostrar nuestra emoción ante sus actos programados que intentan recuperar el sabor de aquellos servidores de la Virgen, tan enamorados de Ella como lo estuvieron los Siete Hermanos que en el siglo XIII se entregaron a la Madre, imploraron con plegarias su misericordia y sobre todo se fundieron en un haz de entrega por medio del escapulario como signo que los identificaba: ese hábito negro que es su seña,  identidad que otorga carácter y marca por vida a quien lo lleva.

De ahí la alegría que se observa en los nuevos cofrades que cada año se suman a sus predecesores. Lo hacen en la misa que la Hermandad  celebra en el templo de San Bartolomé en Febrero, como anticipo a la Semana Santa donde se porta, como emblema, la unidad de corazones de sus cofrades orgullosos con su fe en la Madre Dolorosa, vehículo hacia el Hijo al que acoge a su regazo tras  su muerte en la cruz.

El templo parroquial, tan murciano como el néctar que se derrama en  su interior que sabe a sublime presencia del alma pura, acuña una  nueva sinfonía  incrustada en sus espacios ansiosos de belleza y paz, que se elevan a la Virgen  amorosa, tierna y maternal, como la sutil imagen de Salzillo que preside en Altar, en ese momento en que el incienso se expande por cada esquina, penetra en el interior de cada uno de nosotros que nos fijamos en el semblante doloroso de la Madre  con su mirada y sus brazos elevados  en una acción de entrega y caricia.

Las notas del órgano van acuñando  mientras tanto graves susurros  que nos elevan sobremanera, nos sitúan en una dimensión distinta, como si lo espiritual  nos convocara en ese momento en el que los hermanos asientan sus escapularios sobre sí mismos y somos entonces capaces de asimilar la magia de una creencia renovada, tan profunda como verdadera y sentida. Entonces uno se da cuenta de que  lo que nos rodea es fugitivo, que entre las paredes vetustas del templo, que fuera uno de los primeros de la ciudad  en contener la fe más señera, se hace visible   su tradición religiosa pasada; que en sus rincones se aspira una plegaria  que se conecta a cada una de sus capillas que se nutren  de la inenarrable dicha y entusiasmo de los hermanos servitas  que desde el siglo XVIII dieron pausa a un sentimiento inmortal.

Nos damos  cuenta en ese instante que las paredes del templo están llenas de antañonas  emociones  consolidadas en el amor a la  Virgen de las Angustias, envueltas  en miradas hondas y recias que se confunden con el claroscuro de sus viejos lienzos  que se acogen en sus paredes.

Y entonces surge una necesidad de oración y súplica, de fervor contenido que se trasluce en los rostros de los cofrades que asisten a la misa y se envuelven en el encanto de  la  noche, sobre todo queda esculpida en los ojos de sus nuevos hermanos que se visten con  el hábito de su fe más oculta.

Como fiel amante de esta cofradía empeñada en saborear cada efeméride en los momentos de su liturgia,  me he acercado en la noche de Febrero, a la hora precisa, al templo, olvidándome de la banalidad de la vida, orillando otras sensaciones para concitarme con el alma de los hermanos sumisos a sus vetustos estatutos. Y en soledad compartida he ido notando el flujo que exhalaban los cuadros del Vía Crucis que mi padre  pintó hace unas décadas por encargo del vicario  don José, de tantos recuerdos y que fue bendecido por el  Obispo  José María Azagra. Desde el pequeño formato  del lienzo sentía la voz suave de mi padre, ya anciano, deslizando sus pinceles sobre el cuadro, dejando su prístina creencia en cada paso. Recuerdo cada palabra sentida en aquellas noches de invierno, cuando me acercaba a su estudio con la luz encendida que rozaba los colores de su paleta, tan mimada y querida como los evangelios que releía en soledad.

Se me llenan los ojos de lágrimas al aproximarme a cada cuadro, porque presiento la ilusión de sus ojos de auténtico  artista creyente capaz de conformarse con lo más sencillo. Y aún notaba en mi la sensación de vacío al ver desnuda la capilla del Santo Sepulcro, en cuya pared  no ha mucho que lucía el gran lienzo que el citado cura le encargó a mi padre sobre la Resurrección de Cristo, que enlazaba con el momento más ajustado de nuestra creencia, porque  si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe.

Se enmarcaba este inmenso cuadro en la capilla del Santo Sepulcro, desde la categoría  y la piedad de un hombre que, como mi padre Saura Pacheco, lo entregó todo en su última etapa de vida, un  hombre enamorado de su templo y de la Virgen de las Angustias a la que rezaba en soledad.

Realmente  desde este silencio que me embarga no puedo entender muchas cosas, a no ser por la estupidez de quienes se consideran privilegiados seguidores de Jesús pero no comprenden nada, como aquellos fariseos que no veían más allá de sus narices. No puedo comprender la insensatez  y falta de sensibilidad de quienes curtidos por la fe se atreven a criticar una obra de arte, en este caso la relativa al Cristo Resucitado, un gran lienzo de  mi padre realizado por encargo en sus últimas horas de vida que le vi trabajar en su casa  cercana al templo, con un ingente trabajo y en un espacio escueto. Pero formaba parte de su  inspiración y era su ilusión poderla contemplar en el espacio adecuado, como  de hecho estuvo en contra de muchos intereses y para bien del artista y su familia.

Lo que sucede es que por circunstancias de restauración de la  capilla en cuestión se tuvo que apartar  de la misma durante   unos meses y  por la desidia o la maldad de unos cuantos se ha perdido el cuadro, con el dolor que supone para la familia de Saura Pacheco. Y desde estas páginas uno se pregunta que es lo que ha sucedido con la obra de mi padre, que motivos han dado lugar a que el lienzo se pierda tan descaradamente y sobre todo como es posible que pasen estas cosas. Estamos trabajando en dar una respuesta  a todo ello y no se parará hasta que demos con el paradero del cuadro, a la vez que  agradezco a  quienes desinteresadamente me están ayudando en este cometido.

Viejos sentimientos de los amantes de la Virgen del Dolor.

Nos  interesa todo lo relativo al sentimiento que se enhebra ante la presencia de la Virgen del Dolor que se amalgama en el rostro de sus hijos servidores, quienes desde cualquier rincón de nuestra patria, en esta o aquella cofradía se dejan llevar por la devoción a la Madre que sigue con unción a su Hijo lleno de llagas, una Piedad que nos enamora  a la vez que nos inspira  numerosos episodios de ternura infinita. La Mater Dolorosa  secunda, en su caminar por el periplo dramático de Jesús todo un momento de profundas emociones que se centran en la sublime presión de sus ojos que se dirigen a una humanidad secularizada, con ausencia de ese don de la creencia en la mujer capaz de enamorar el alma, de provocar ese latido de hondo lamento por el sufrimiento del Redentor. Esto supone una asidua dedicación al misterio, a la necesidad de aprehender la tragedia que dimana del rostro de la Madre que por sí mismo es una saeta, una proclama constante de nuestra fe.

A través de esa confirmación del dolor de María se va urdiendo un compendio de mensaje y de potencial relativo  al  contenido de nuestra salvación. Todo este fluir de encanto y dramatismo que se ciñe en torno a la Virgen que sigue al Hijo camino hacia el cadalso, que antes tuvo en su seno, compacta un rico muestrario de entrega y nos  contagia en lo más profundo de nuestro ser. Y es que el sentido que imprime la madre en nuestra vida es tan mágico como elocuente. Nos sirve de paradigma y de consuelo para llegar a la auténtica verdad.

Lo maternal es acariciador y selecto, nos embriaga con su tacto y su mesura, llega a infundir ese grave silencio que nos congoja y aporta lo mejor en nosotros. En las viejas culturas las divinidades femeninas anuncian un nuevo despertar, como de sugerente renovación.

Es la acción de la ternura que imprime garra en el actuar humano, se convierte en encanto y delicia que todo lo conforma  en un sentimiento de gozo. Estamos ante la imagen de lo adorado, de la ternura soberbia que nuestra Madre secunda en su rostro divino manteniendo el  paradigma de la humildad y el consuelo.

Nadie como Von le Fort  nos lo dice con claridad : “ En la poesía popular  sobre la madre, surge un profundo parentesco entre el nacimiento y la muerte”. Es que la madre  sigue el curso del hijo, lo envuelve a  cada instante con su ser y es capaz de dar su vida por él, todavía  sufre lo infinito ante la muerte de aquel a quien dio vida, pues en este caso Ella ha de soportar el calvario de su muerte; la del divino Cordero que viene al mundo para, como dice el evangelista sacar al hombre de su muerte y vivificarlo con el espíritu.

Nada más hondo que intentar aglutinar en el sentimiento ese fluir de ternura ante el nacimiento y muerte del Hijo amado en la cruz, madero de nuestra salvación como sienta San Agustín. Y es que desde esta perspectiva cabe afrontar el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, al que vemos asistido por la Madre, como Piedad suprema que agiganta su figura en ese instante.

Seguir a la Madre por el camino del dolor encumbra al humano a su verdad y a sentir el consuelo de la Virgen que es el vehículo para comprender lo que mente humana es incapaz por si misma de asimilar, de retener y hacer camino de salvación.

Los servitas  escancian en su amor hacia Ella todo el contenido que se enreda en la magnitud de su vida, en el legado de quien ha sido capaz de soportar  en su tierno corazón los Siete Dolores  ante la regia majestad de Cristo fundido en sus Llagas divinas Que son pálpitos del caminar del cristiano enraizado en su convencimiento, impregnado de la belleza de cada Llaga  como himno de un amor asombroso  hacia el hombre.

Ser servita es estar al servicio de la Madre desde la misma esencia de su propósito, que no es otro que ser fiel al mensaje del Hijo que nos redime. Pero hay más y es  el alegre convencimiento de que al poseer el hábito de luto, que es su signo y veneración, se conecta con la densa presencia del amor maternal que es consuelo y firmeza ante unas convicciones que brotan del corazón. Ese entusiasmo por la Virgen María se acopla a cada instante de su vida, reclamando el hervor apasionado del silencio de María en sus Siete Dolores, como puñales que se hunden en su corazón y se hace  respuesta en la devoción de sus devotos a su Virgen de las Angustias.

Desde ese acontecer que es entrega y acogimiento del Verbo Divino se hace proverbial  en  el  Fíat de la Virgen que nos comprime a la auténtica consigna revelada, a la vez que   se va delatando la nítida versión de la  fuente del amor  desde la ternura inconmovible de la esencia maternal, como lujo del cristiano que se siente el centro de la mirada.

Puede  que estas reflexiones previas nos emulen a una aproximación del misterio que se sujeta en la mirada de la Virgen de las Angustias y se expande en un aroma de fe, a la vez que excita  a perderse en ese escenario de valores teológicos ahormados con la sensible mirada de la Madre, que es consuelo y firmeza, nos advierte que aunque el camino es de llaga y muerte, sin embargo sus manos nos alivian y acogen en  la máxima compulsión amorosa, haciéndose presenta la versión de la ternura de la madre hacia el hijo desde el aspecto terrenal.

No podemos desprendernos de la liturgia que aporta esta ligazón de la Hermandad con Ella en los actos que, previos a la semana Santa, se van consignando  a la vez que se perpetúa en una etnografía religiosa, encomiable siempre y que muestra el latido  del pueblo hacia su Virgen amada, Virgen del Dolor, de las Angustias, algo que puede calibrarse desde el concepto del fervor religioso que se inspira en la mirada de María.

Nuestra literatura  de todo tiempo enfoca este gesto que es filigrana de unción y patrimonio de una cultura intransferible  de algo que anida en lo más profundo del ser humano, que es el relativo a la devoción hacia la Madre consoladora, lo que se decanta en la forma de manifestarse de un pueblo en sus actos rituales. Lo vemos en ese sentimiento  que  hace meditar a Leopoldo Alas, en su magistral obra al significar “ Este fervor religioso de Vetusta comenzaba  con la Novena  de las Animas, poco popular, y la muy concurrida  del Corazón de Jesús, no cesando hasta  que se celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos favorecida  de la Madre del Amor Hermoso.”

De suyo en el Capítulo  25 de la misma obra  se constata la unción de la Novena  de los Dolores, cuya  celebración se hacía en el templo de San Isidro realzando el contenido de los Siete Dolores de la Virgen, aquel lujo: ” majestuoso, triste y fúnebre “.  Toda una semblanza  que nos invita a la reflexión sobre la presencia en nuestros pueblos y ciudades de España de una devoción tan penetrante como popular relacionada con los Servitas, imbuida de todo un fasto  preciso, no exento de solemnidad y de un matiz fúnebre que en Murcia impone por el recogimiento de sus cofrades y del impacto de la talla de la Virgen de las Angustias que el genial Salzillo realizó para dicha Cofradía en 1744. Se puede contemplar en la noche del Viernes Santo murciano desde su salida del templo de San Bartolomé.

 FUENTE: F.S.M.

 

 

 

 

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