AQUEL VERANO DE LOS ABANICOS ZARAGOZANOS

POR BIZÉN D´O RÍO MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE HOYA DE HUESCA.

El abanico, en su combinación más sencilla, consta de tres partes: las varillas, el clavillo, y el País. Las varillas y clavillo conforman el esqueleto o armazón, pudiendo ser las varillas de distintas formas, que van desde las simples tiras rectangulares de cañas o bambúes, iguales entre sí en cuanto a largura, ancho y grueso, perforadas todas  a corta e igual distancia de uno de los extremos, uniéndose entre ellas es  por un clavillo algo grueso que las ensarta por el orificio efectuado en el extremo, remachándose después en las dos puntas, al objeto de que las varillas no puedan  ya salirse. De esta forma, cada varilla, puede girar alrededor de este eje metálico, para así describir un plano circular.

Cerradas las varillas, es decir, superpuestas, el conjunto queda formando un prisma recto de base rectangular. Abiertas, quedan equidistantes todas ellas tomando la forma de un sector circular, dividido en ángulos iguales.

El paisaje o país del abanico, es simplemente un sector anular de papel algo resistente, o de tela. El cual recibe tantas dobleces radiales, menos dos, como sea el duplo del número de varillas; y estas dobleces han de resultar alternativamente entrantes y salientes, al objeto de que pueda plegarse radialmente el sector anular. El número de dobleces tiene por tanto que ser par, como duplo menos dos del número cualquiera de varillas; pero el número de trapecios plegables, o sea el de espacios de papel comprendidos entre cada dos dobleces tiene que ser impar, esto es, igual al duplo de varillas menos uno. Aunque resulte algo enrevesado, lo cierto es que siguiendo estas pautas se obtiene como resultado un aparato de poco peso, susceptible de abrirse y cerrase a voluntad, y que una vez abierto y manejado desde el varillaje, al imprimirle movimientos de vaivén, produce artificialmente corrientes de aire por medio de la superficie del sector anular.

Los padrones,  son las varillas de los extremos que alcanzan la forma y el tamaño de los trapecios plegables, por lo cual, siendo de una materia algo resistente, madera, nácar, marfil, carey, etc. cubren y protegen cuando el abanico está cerrado, el papel o la tela de los países.

La clasificación podría ser exhaustiva, no obstante los más usuales han sido además de los de señora y señorita, el de  caballero, de un tamaño reducido para llevar en el bolsillo superior de la americana de panamá  o de alpaca veraniega, en cuanto a los utilizados por las señoras se encuentran: el de “Mañana”, usados tempranamente y de brisa suave; “de compra”, algo duros de varillaje, usados para ir al mercado y que pueden salvar de muchos apuros; de “Verano”, ligero y buen venteador; de “Invierno”, ligero, no muy grande, de color oscuro, para llevar en el bolso y mitigar algún que otro sofoco; de “Paseo”, lujoso y envidioso, capaz de despertar el comentario de….. ¡ Chica que bonito abanico llevas…!; de “Vestir”, a toda costa combinado con el traje;  de “Lujo”, rico en pedrería y puntillas, capaz de provocar la admiración de amigas y envidia de las demás;  de “Luto” sencillo y liso de color negro; de “Boda”, a ser posible, liso, en color crema, salmón, celeste o fúsia, a juego sobretodo con la pamela; de “Bolsillo”, plegable o reducido; de “Viaje” seguro y buen venteador, de varillas apretadas y clavo fijo, que no pueda estropearse; “Pericones de jardín”, cuajados de flores, capaces de airear a todos los contertulios que exclamarán ¡Se nota más tu abanico que la brisa¡; de “Toros”, grandes y provocadores, chulapones y castizos; de “Anuncio”, ese que fue regalado con un nombre que no se entiende o se sabe que es; de “Olor”, abanico de baraja, de madera, sin país con dibujos, pero impregnado de esencia que se emana al moverlo.

Llegadas las canículas del verano, por los paseos, terrazas y calles de la ciudad, las señoras se acompasaban en conversaciones y gestos con el abanico, era el aditamento femenino que mas llamaba la atención, quizá por su continuo movimiento, quizá por la riqueza de su colorido, incluso en algunos momentos, porque distraía la atención, la cuestión es que llegadas las fechas del verano había que sacar los abanicos del fondo del último cajón de la cómoda donde se recogieron con los primeros fríos del año anterior, se abrían, se observaban con detalle, para exclamar después, ¡tendré que comprarme otro!, ¡creía que no estaba tan ajado!. En realidad, era pura coquetería femenina, que esperaba a ver si su comentario surtía efecto y si bien no provocaba el regalo, se disponía ella misma a su compra, claro que para este momento, las sederías de postín de la localidad, acababan de recibir lo último de las abaniquerías levantinas y gaditanas. Pero………. Aquél año se armó la revolución, el nuevo establecimiento recién instalado en  Huesca, además de anunciar que vendía a los precios de Zaragoza, había traído 5.000 abanicos, incluso para más colmo, comenzó a obsequiarlos a las compradoras. Aquél verano, los abanicos levantinos y gaditanos se quedaron en las estanterías, pero las calle de la ciudad, eran un auténtico “fru-fru” y “rasgueos” de abanicos………

FUENTE: EL ABANICO

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