DOLORES FRANCO, AMOR ETERNO A SU PUEBLO VILLANUEVA DEL ARZOBISPO (I)

POR: MANUEL LÓPEZ FERNÁNDEZ, CRONISTA OFICIAL DE VILLANUEVA DEL ARZOBISPO (JAÉN)

Cuando publiqué el libro: ”Villanueva del Arzobispo: sus calles y sus gentes”, un familiar de Dolores, me entregó, en mano, una carta, de felicitación por haberle recordado paisajes de su infancia. Esta carta, escrita en Murcia, venía acompañada de una serie de trabajos en ganchillo, como separadores de páginas. Mi respuesta agradecida, intercambio de direcciones y teléfono; siguieron numerosos años, con largas charlas, sobre Villanueva, sus recuerdos escolares, amigas…hasta que en el 2018, con motivo de las ferias locales y la presentación de un libro, nos conocimos personalmente. Dolores había traído como regalo, un tomo perfectamente encuadernado sobre “La devoción de la Virgen de la Fuensanta en Murcia”. Quedamos en reunirnos a tomar un café y charlar sobre su intensa vida. Así fue, pasamos dos mañanas en las que escuché, y anoté sus recuerdos de infancia, en cortijos alejados de la civilización, el apresamiento de su padre, tras la guerra civil, su traslado a Villanueva, León, Alemania, y Murcia. Leí en sus ojos la alegría y bondad al hablar de sus primeras maestras, de las compañeras y vecinas; las dificultades de su padre en la mina; su matrimonio, todo con una memoria prodigiosa, adornando sus recuerdos de mil detalles, que me hacían verlos. Después de su marcha, nos quedó una parte de su sencilla, pero valiente vida, y terminamos sus recuerdos entre el teléfono y unos folios escritos con su letra legible , precisa, con una ortografía perfecta y un amor a Villanueva, que no ha cesado, ni un solo día de sus 80 años. A veces estas mujeres necesitan ser rescatadas de su olvido.

Dolores nació un Viernes de Dolores, a las seis de la mañana, el 27 de marzo de 1942, en un cortijo, llamado “Las Palomas”, cerca del Guadalquivir, en la carretera del Tranco. Ya no existen caminos para subir solamente unas peñas altas. Fui la segunda hija del matrimonio, antes habían tenido un hijo, que murió a los veintidós meses. Mis padres fueron Agustín Franco y Dolores García.

A mi padre lo encarcelaron junto a un tío mío y otros más por no ser de los ideales del Dictador Franco ¡Dios lo tenga, donde no estorbe! Mi madre, mi tía, hermana de mi padre, con otros tres hijos más nos trasladamos con mis abuelos maternos a otro cortijo llamado “El Zacatín”, creo que alquilado por mis abuelos. Aquí ya empecé a tener recuerdos. Lavaba las mondas de las patatas, junto a mis primos y asarlas en la lumbre para poder comer. También “las collejas” y “verdulagas” e higos chumbos para quitarnos el hambre que era mucha. Así cumplí cuatro años, muchos padecimientos para unos niños tan pequeños.

Cuando mi padre volvió a casa, al dejarlo en libertad, aún lo recuerdo llegar con una maleta, atada con cuerdas. No quería abrazarle y por la noche lloraba, porque no quería que se acostase con mi madre, porque no lo conocía ¡Un drama!

A partir de ahí mi padre empezó a trabajar con los García Franco, en el molino a unos kilómetros de la Carretera del Tranco, ya que mis abuelos paternos y los abuelos de ellos eran parientes. Al año siguiente lo trasladaron a la fábrica de Villanueva, de ayudante en uno de los camiones, que tenía de conductor a Esteban. Otras veces se quedaba en la refinadora, donde salía el aceite ya limpio. Recuerdo como se hacía el aceite. En esa fábrica nos hicieron una casa, la fachada daba a las Eras del Caberuelo, donde se trillaba en el tiempo de la siega. Tuvimos una buena relación con toda la familia.

Después de sesenta años, volví a ver a uno de los hermanos, llamado Agustín y su mujer Josefina, que aún vivían. Cuando les dije quien eran mis padres les dio mucha alegría. Se acordaban de nosotras cuando éramos pequeñas, mi hermana y yo los visitábamos de vez en cuando con mi madre, ya que mi abuela les cosía la ropa y les hacía ganchillo.

Mi etapa en la escuela

Aprendí las primeras letras con una vecina que fue maestra, Dolorcicas “La Celemina”, que después se marchó a Madrid. Con seis años fui al colegio que estaba en la calle que llamaban “Los Gitanos”. Era una Escuela Nacional de Niñas, número 6, con una maestra de Linares, Doña Ana María López Jiménez, que se hospedaba en una casa particular en la calle “Cantarerías”. Una señora mayor, que siempre vestía hábito marrón, casi hasta los pies y chaqueta azul marino, con un moño canoso. La señora era tan buena como un trozo de pan; a los cuatro años se fue de vacaciones y ya no volvió, la trasladarían a otra localidad.

Después vino una nueva maestra, señora joven, Doña Carmen Jiménez Fernández, que era de Granada y se hospedaba en el Colegio de Cristo Rey. Era como se suele decir, un pincel. Nos puso uniforme blanco y corbata azul marino, y ella uniforme blanco. Se pintó la escuela y nos puso un cuaderno para cada asignatura, forrados con papel barba blanca. Los domingos nos juntábamos todas las niñas con el uniforme y nos llevaba a la Misa de Niños de la Parroquia de San Andrés. Después regresábamos a la escuela y cada una a su casa.

El lunes teníamos que llevar un ejercicio de redacción contando lo que habíamos hecho. Nos enseñó a coser, bordar, nos inculcó la lectura y nos mandó comprar unos libros de Fábulas para leer en casa. Libros que conservo “Oíd niños”, “Mis amiguitos” y se me perdió “Pili y Lola”. Yo les leía estos libros a mis padres por las noches. Los libros los compramos en la Librería Segarra. También conservo un libro que nos regaló Doña Carmen al final del curso 1954/55 como segundo premio por aplicación, dedicado de su puño y letra, llamado “Florilegio de Mujeres Españolas”. El primer premio fue para Catalina Marchante. Este fue el último curso que estuve con doña Carmen, una maestra y mujer ejemplar, que la recuerdo con mucho cariño, Guardo como oro en paño la Cartilla de Escolaridad con mi foto.

Fueron tiempos felices con mis compañeras y vecinos, como mi amiga Catalina Tavira. Su padre, Policía Municipal, una familia todos muy altos. Recuerdo a su abuelo paterno, José Tavira, que cuando montaba en burro, iba casi andando porque le llegaban los pies al suelo. Esta amiga Catalina, reside en Valencia y mantenemos un contacto frecuente. Con algunas compañeras de colegio, a partir del programa de Televisión “ Quién sabe Dónde? Para mí fue siempre muy importante, LA AMISTAD.

Tristeza: la marcha a León

En septiembre de 1955 un tío mío, hermano de mi madre, que llevaba algunos años trabajando en las minas de carbón, habló sobre la posibilidad que mi padre encontrase trabajo. Yo tenía 13 años y junto a mis padres y abuela materna, iniciamos el viaje. Primero en autobús y después en tren, la primera vez que monté, hasta llegar a un pueblo llamado Torre del Bierzo, en una cuenca minera. Allí estuvimos siete meses, ya que la mina no era para mi padre, se ahogaba. Nos trasladamos a unos 50 kilómetros más abajo, a Ponferrada. Allí mi padre empezó a trabajar en una Empresa Constructora “Agromán”. Donde conocí a mi marido que había salido de aviación, donde estuvo seis años. Trabajaba en la línea de alta tensión, y era natural de Astorga. Nos hicimos novios y al año nos casamos. Él con 26 años y yo una niña de 15, o sea de niña a mujer.

Alemania

Tuve cinco hijo; en 1967 mi marido emigró a Alemania, yo lo hice dos años después. Dejé mis hijos con mis padres, que habían sido trasladados a Reus, por la empresa. Al año siguiente nos llevamos los hijos a Alemania. Estuve trabajando durante siete años. Me trataron muy bien, con mucho respeto y una cultura completamente distinta a la nuestra. Donde por todo te dan las gracias y todo lo piden por favor. Me encantaban sus costumbres y su forma de ser. Hoy habrá de todo.

FUENTE: MANUEL LÓPEZ FERNÁNDEZ

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